21/08/2021 / 13:51
Jesús de Andrés


Imagenes

Feria

Pocas veces un libro, un ensayo sociológico construido desde una perspectiva biográfica como es este de Ana Iris Simón, me ha incitado tanto al debate.


Atraído por el pequeño revuelo que levantó la publicación de Feria, el libro de la manchega Ana Iris Simón, me sumergí con curiosidad en sus páginas la pasada primavera. Pocas veces un libro, un ensayo sociológico construido desde una perspectiva biográfica como es este, me ha incitado tanto al debate, provocándome en ocasiones rechazo a sus argumentos y en otros momentos admiración por su ojo clínico en la observación de la realidad. No es de extrañar que haya seducido por igual a todas las ideologías, levantando elogios en lo más extremo de la derecha cuando rechaza el feminismo radical, alaba los usos religiosos tradicionales, cuestiona la inmigración, insiste en las políticas natalistas o reivindica al hombre-hombre -totalmente alejado del hombre blandengue que criticara el Fary-, pero también animando a lo más extremo de la izquierda cuando pone en solfa al capitalismo y sus consecuencias, ensalza el comunitarismo y reclama su linaje familiar izquierdista. No sé en qué estaban pensando en la Moncloa cuando invitaron a su autora a un acto sobre la despoblación presidido por Pedro Sánchez; supongo que alguien leyó alguna reseña superficial y pensó que les iba a dar jabón. Para que se hagan una idea, Santiago Abascal mostró el libro en el estrado del Congreso para reivindicar algunas de sus ideas, un libro cuya presentación oficial tuvo lugar en la Fundación de Investigaciones Marxistas.

Tras aquella primera lectura, he vuelto sobre él este verano. En primer lugar, porque su prosa, su perspectiva y su tono atrapan desde el primer párrafo (“Me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad”, comienza) y merece la pena la relectura sosegada. En segundo lugar, por intentar desenredar su lógica argumental, aquella que lo hace tan atractivo. No es de extrañar que los extremos coincidan en valorar positivamente el libro ya que sus razonamientos están mucho más cerca de lo que ellos mismos imaginan: coinciden en el diagnóstico, en la crítica social, pero también en no pocas de las recetas. La diferencia es que unos centran su atención en la precariedad actual, en la que la meritocracia muestra sus costuras y el capitalismo manipula a través de la publicidad, y otros en la reivindicación de un pasado ideal y tradicional basado en la familia. En el fondo ambos coinciden en criticar las contradicciones culturales del capitalismo, algo que ya hiciera Daniel Bell hace décadas. En la discordancia entre las necesidades del orden económico capitalista, que requiere de una ética específica (que contiene el yo y posterga la gratificación), y el hedonismo desbordado de la cultura contemporánea, impuesto por la imagen y la publicidad, está la respuesta a algo definido hace décadas y no a principios de siglo, como pretende la autora. Un libro, en cualquier caso, para la reflexión y el debate.


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