14/11/2020 / 11:29
Antonio Yagüe


Imagenes

Festival Gallocanta

Ajenas al coronavirus, que campa a su antojo por casi toda España y a confinamientos mayores y menores, las grullas se han encontrado con una sorpresa.


Se han hecho esperar este año. Pero mientras TV y Radio Pandemia inundan al unísono sus informativos de infectados y muertos, ucis y hospitalizados, las reinas de laguna han surcado los cielos de nuestros  pueblos y empezado a llegar a la vecina Gallocanta (Zaragoza/Teruel). Se acercan en bandos a mediados de octubre sin fecha fija, tras los primeros fríos en el norte de Europa. Buscan comida y cobijo. 

Estas aves, consideradas sagradas en la cultura japonesa y símbolo mundial de sabiduría, longevidad y fidelidad, son siempre un espectáculo con su característica formación en V, el pico hacia el viento, y sus sonoros trompeteos y gritos. En los primeros censos realizados no han pasado de 10.000. Los ornitólogos que gestionan el enclave esperan el paso de  200.000 a lo largo de toda la emigración y que se queden a invernar en torno a 15.000. 

Ajenas al coronavirus, que campa a su antojo por casi toda España y a confinamientos mayores y menores, las grullas se han encontrado con una sorpresa. Hacía una treintena de años que no tenían tanta agua ni dormideros tan acogedores. Dicen los que saben que eso ha propiciado también la llegada de multitud de patos (buceadores y de superficie),  pochas y especies de todas las comunidades esteparias, como avutardas, sisones y alondras Dupont  o Ricotí. También han llegado a esta singular laguna compañeras marinas como las gaviotas y, lo nunca visto, hasta flamencos.

Mientras se acortan los días y cae rítmicamente la lluvia machadiana tras los cristales, Gallocanta se ha convertido en un festival multicolor del que todas estas aves disfrutarán hasta mediados de marzo. Para su disfrute y regocijo van a estar muy tranquilas, sin los 15.000 turistas que acudían otros años a ver sus saltos como cometas en el aire, sus danzas prenupciales y la sobrecogedora ceremonia a la caída de la tarde, con el sol ya tendido y las laderas en sombra, cuando llegan a cientos en oleadas para pasar allí la noche. Y sin políticos mirones de Zaragoza, Teruel y  Guadalajara que gustan acudir con invitados y, de paso, hacerse la foto.


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