19/02/2021 / 13:33
Jesús de Andrés


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Génova 13 Rue del Percebe

La verdad es que la campaña de Casado ha sido un despropósito imposible de igualar.


 A pesar de sus tribulaciones, el Partido Popular emprende mudanza. Lejos de hacer una reflexión sensata sobre el fracaso en las elecciones catalanas, Pablo Casado se ha enrocado en mantener que todo se ha hecho muy bien, por lo que no hay lugar a la autocrítica, y en que ha habido una conspiración contra su partido, por lo que el resultado se atribuye a la conjura de los demás. La culpa no es de la corrupción, ni de la campaña, ni de sus decisiones, según él, sino de que se haya hecho coincidir la fecha del juicio a Bárcenas con los comicios, a pesar de que llevaba un año anunciada. En su desesperación, con la venta de su sede busca una salida a sus problemas y a los del PP, aceptando de antemano la culpabilidad de su reforma corrupta antes de que haya sentencia. Eso sí que es novedoso.

La verdad es que la campaña de Casado ha sido un despropósito imposible de igualar. Se puso al lado de los independentistas para pedir su aplazamiento y para acusar mintiendo y sin pruebas a Illa de haberse vacunado. Su omnipresencia fue tal que dio 200 entrevistas en campaña pensando que su hiperprotagonismo conduciría al partido a la victoria, un ridículo “dejadme solo” que ya se ha visto cómo ha acabado. No ha entendido que cuando tienes dos adversarios, uno por cada flanco, tienes que elegir en cuál te concentras porque de lo contrario vas a debilitarte por ambos. Lo lógico hubiera sido combatir con Ciudadanos por el centro, pero, pese a que en ocasiones ha intentado aparentar moderación, ha seguido hiperventilando -queriendo ser más de derechas que nadie- cuando se ha enfrentado a Vox. Así, decepcionó a unos y otros -incluso a los de su propio partido- al renegar de la gestión de Rajoy durante el referéndum ilegal de octubre de 2017, mintiendo al decir que entonces su propio partido le impidió pronunciarse, y a la vez acusó de traición a Vox por apoyar hace unos días responsablemente el decreto para agilizar los fondos europeos.

Reconocer su responsabilidad sería asumir su fiasco. Promovió la foto de Colón hace dos años y alimentó a la bestia que ahora le está devorando. Bajo su aspecto formal, a poco que uno rasque, aflora un personaje inteligente, hábil, sin formación académica (una carrera y un máster regalados), que entronca con la peor tradición picaresca, con la estirpe de los bartolines y carromeros que de vez en cuando -no siempre- generan las nuevas generaciones de todos los partidos. El típico perfil de joven ideologizado al extremo que echó los dientes pegando carteles en campañas electorales, que se socializó en esa sede que ahora pretende vender, como si así pudiera desprenderse también de su insolvencia.         


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