28/05/2021 / 16:13
Jesús de Andrés


Imagenes

Hacer el primo

Nuestra vecindad con Marruecos nunca ha sido sencilla y no lo es sobre todo por tratarse de dos sistemas políticos dispares.


Estar donde estamos tiene muchas ventajas, pero también muchos inconvenientes. Me refiero a la Península Ibérica, en un confín de Europa, a escasos kilómetros de las costas de África, cerrando el estrecho que permite el acceso al Mediterráneo. Nuestra vecindad con Marruecos nunca ha sido sencilla y no lo es sobre todo por tratarse de dos sistemas políticos dispares: una monarquía constitucional en el caso del país alauí y una monarquía parlamentaria en el nuestro. Para quien no conozca la diferencia entre un tipo y otro de monarquía hay que remarcar que en Marruecos el poder está repartido entre el rey y el resto de instituciones -más o menos democráticas-, mientras que en España la soberanía es completamente popular. En el país vecino el rey tiene buena parte del poder, casi siempre la última palabra, mientras que en nuestro modelo apenas ejerce una jefatura del Estado simbólica y representativa, pero sin poder ejecutivo alguno. Mohamed VI tiene un poder similar, incluso mayor, que el que Alfonso XIII pudo tener durante la Restauración. Felipe VI, sin embargo, no tiene poder ya que sería incompatible con el principio democrático atribuírselo a quien recibe la corona por formar parte de una dinastía. 

Durante la dictadura de Franco, tras la independencia marroquí en 1956, la relación se basó en la desconfianza y la fuerza: la lógica entre dos regímenes autoritarios que defendían sus intereses sin apoyarse en principio alguno. España perdió entonces los protectorados del norte (1956) y del sur (1958), y a lo largo de los años fue menguando su presencia colonial: Ifni en 1969 y la provincia del Sahara Español en 1975. Un régimen que reivindicaba el pasado imperial español como su principal seña de identidad no fue más que un títere menguante en manos de un monarca mucho más astuto y decidido que los sátrapas franquistas. desde entonces, las relaciones con Marruecos nunca han sido fáciles. Cada vez que han tenido ocasión -o ha servido como distracción de sus problemas internos- han apretado con Ceuta y Melilla. En último término, por inercia, las tensiones entre ambos países se resolvían a través del contacto directo entre Juan Carlos I y Hassan II, en una absurda cesión de competencias a nuestro monarca al dar por hecho que, como activo intangible que era, tenía más capacidad para resolver los problemas. Por parte de Marruecos siempre estuvieron encantados con esta forma de actuar, de tú a tú, en familia. Entre ellos, de hecho, se llamaban hermanos. Afortunadamente, Felipe VI no ha heredado el carácter campechano de su padre, aquel que tantos elogios originaba y que tan dañino para todos demostró ser, ni confunde el momento. La solución está en la firmeza diplomática. Y en dejar de hacer el primo.


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