21/12/2019 / 12:24
Antonio Yagüe


Imagenes

Hogueras

En mi pueblo se gastaban bromas quemando algún retal o menchajo para asustar al vecino de que olía a socarrina.


Las hogueras del solsticio de invierno eran, según los historiadores, un rito  prerromano y,  por tanto, pagano. Unas liturgias con fuego purificador y tanto tirón popular que la Iglesia echó mano del hisopo y las extendió por toda Europa en su Nochebuena. Antes y tras la cena y la misa del Gallo. Algo similar ocurrió con los pairones reconvertidos a la advocación de los santos más protectores. Las dos manifestaciones son una reliquia típica de los pueblos del Señorío.

Las guías turísticas ya solo reflejan estas grandes fogatas, con su hechizo y tradición en algunos pueblos de Extremadura, León y Portugal. Pero todavía pueden contemplarse en su versión moderna en pueblos como Amayas, Mochales, Algar, Tartanedo, Hinojosa, Tortuera, Alustante o Milmarcos. Y por supuesto, en la segunda Nochebuena de Molina.

Ya no son el epicentro de esta noche ni participan niños y jóvenes en la recolección de leña “para calentar al Niño Jesús”. Los troncos, tarugos, bardas, bardascas y aliagas para la chasca vienen en tractores arropados por la voluntad y tesón de los penúltimos moradores de estos despoblados pueblos. Ha desaparecido la rivalidad por tener la mejor, incluso el canto de villancicos y los tragos de la bota o copejas de aguardiente con torta. Pero sigue cumpliendo su función de comunicación entre vecinos.

En mi pueblo se gastaban bromas quemando algún retal o menchajo para asustar al vecino de que olía a socarrina. Entrada la noche, aminorado el fuego y envalentonados por el calor de la lumbre y los licores, algunos la saltaban en peligrosa competición. Los viejos contaban que algún año los brincos acabaron en trágicas quemaduras. También decían que participar en ella traía buena suerte y mantenía a raya el demonio, lo que no era moco de pavo en tiempos en los que el diablo acechaba en cada esquina.

Esta noche la nostalgia me dará un mordisco en Hinojosa durante los preparativos por parte de los incansables Andrés, Alfonso, Carlos, Jesús y Raúl, en el recuento mental de los que ya no podrán venir este año y el asombro de niños atónitos. Incluso al día siguiente, mientras las brasas se consuman en la plaza.

La pena es que no sirvan para alumbrar y purificar España. Y de pira a pensamientos y sentimientos empozoñados que oscurecen el futuro.


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