10/07/2022 / 11:12
José Antonio Alonso/Etnólogo


Imagenes

Informantes: Los hombres y mujeres-libro

Con el nombre de “informantes”  se conoce, en el mundo de la Etnografía, a las personas que nos informan, que nos dan noticia de sus conocimientos, normalmente transmitidos de generación en generación


 Luego, con el tiempo, he ido encontrando otros nombres que también definían a estas personas: el más genérico, de “fuentes” o “fuentes documentales”, engloba también a otros manantiales de donde hemos extraído  el conocimiento. Ahí ya, entran los documentos de todo tipo: papeles, dibujos, fotografías, grabaciones, etc. Hace unas décadas, se puso de moda hablar de los hombres-libro (Ver, por ej. la Memoria de los hombres-libro de Luis Miguel Bajén y Fernando Gabarrús, Zaragoza, 2002), con lo que se intentaba acercar al público a la idea de cúmulo de sabiduría que tienen esas personas, a pesar de que su memoria no solía formar parte de los libros, ni de las bibliotecas al uso. En aquel momento todavía no estaba generalizado el lenguaje inclusivo. Hoy tendríamos que hablar también de mujeres-libro, para especificar, también en los titulares, a la parte femenina que, obviamente, ha conservado y transmitido, de igual manera, nuestro folklore, nuestro “saber popular”.

A mí la palabra “informante” me chocaba bastante al principio; me resultaba demasiado fría para nombrar a las gentes cercanas de mi familia, al comienzo; de mi pueblo, enseguida;  y luego ya de de los pueblos y ciudades de la provincia y de la región donde he ido recopilando información.

Gerardo Loscos. Riba de Saelices. Foto: José Antonio Alonso.

Echo una mirada atrás para recordar a los hombres y mujeres que, desde hace más de cuarenta años, me han aportado su sabiduría y pienso en que soy una persona afortunada por haberme encontrado con ellos. Siempre me ha gustado escuchar a la gente mayor. No he tenido que hacer ningún esfuerzo, porque me apetecía y me sigue apeteciendo hacerlo, y las cosas que salen del alma se hacen con naturalidad. Al principio solo buscaba canciones para añadirlas a nuestro repertorio. Eran los tiempos en que “los chicos del Mester”, Joaquín Díaz, Hadit, La Fanega, La Ronda Segoviana”, Jubal, Nuestro Pequeño Mundo, etc., ya llevaban años rodando por los escenarios. Frecuentemente sus canciones coincidían con el amplio repertorio que yo había oído a mi madre, desde niño. Eso significó, para mí, y para mucha gente de mi edad, un punto de inflexión: los romances que nuestras madres, abuelas y padres conocían eran muy similares a los que muchos grupos y algunos solistas dejaban grabados en los vinilos y casetes de entonces. Aquellos “cantares”, como los llama mi madre, no eran solo cosa de personas de pueblo, pastores y gentes consideradas entonces “sin cultura”, equivocadamente. También muchos jóvenes melenudos y chicas de ceñidas ropas y pantalones acampanados, universitarios muchos, los interpretaban en los colegios mayores de Madrid y en las plazas con soportales de nuestros pueblos mesetarios. 

Donato Mínguez. El Espinar. Foto: José Antonio Alonso.

Después, sin darme cuenta, lo uno llevó a lo otro, y el reencuentro con el cancionero tradicional familiar llevó al estudio y al interés por otros aspectos del folklore: la tradición oral, en general,  la danza, los instrumentos, la gastronomía, la artesanía, las fiestas y todo lo que subyacía bajo ello: las creencias, la filosofía popular, los mitos, los símbolos. Poco a poco, en mi cabeza, al igual que en las de otros compañeros y compañeras, amantes del folklore, iban encajando las piezas de ese mundo de la cultura tradicional, que ahora me parece casi inabarcable, en extensión, pero cada vez más comprensible.

Al principio mis entrevistas carecían de método; luego, a medida que la afición se convirtió en profesión, fui echando mano de las herramientas al uso: aparatos de documentación, cuestionarios, archivadores, etc. Pero siempre, al otro lado de las cámaras y las grabadoras, los rostros, las manos, el corazón y las historias de las gentes sencillas de nuestra tierra. Siempre me he sentido uno de los suyos porque lo soy. No he tenido que hacer ningún esfuerzo para entenderme con ellos, porque son mi gente. 

Francisco Martín. El Cardoso de la Sierra. Foto: José Antonio Alonso.

La cultura tradicional es un mundo variado, rico, lleno de matices, en cuanto uno cambia de localidad y de comarca, incluso dentro de ellas. Abarca todos los aspectos de la vida de las gentes. Es una cultura poco personalista, pues se ha ido formando con la aportación de las generaciones, hasta hace poco, en gran medida por imitación y por transmisión oral. Otra de sus características fundamentales es la frescura. Ya lo dice el cancionero popular:

Yo tengo un cuerpo de coplas! que parece un avispero

Se empujan unas a otras por ver cual sale primero. 

 

O con las palabras que José Hernández puso en boca del gaucho Martín Fierro: Las coplas me van brotando como agua del manantial... ¡Qué hermosa forma de definir la poesía popular! Así, de forma natural, nos ha sido transmitida la cultura tradicional, en largas veladas e intensas entrevistas, en conversaciones a pie de calle, en las solanas, en el interior de las casas, junto a la lumbre o al calorcillo de la mesa-camilla. Pero siempre con naturalidad, con esa forma de hablar pausada que se va adquiriendo con la madurez y la experiencia, pero también con la sensibilidad y la delicadeza del que transmite algo valioso, un tesoro que ha ido pasando de unas manos a otras, sin que nadie llegue a poseerlo en propiedad, pero que es patrimonio de todos.

Mujeres cantoras. Peñalén. Foto: José Antonio Alonso.

En este tiempo de balance y de repaso a mis papeles, he querido traer algunos de los rostros de la gente que me abrió las puertas de su casa, me invitó a sus ritos y compartió su saber conmigo, siempre con generosidad. Muchos de ellos han fallecido ya, otros, afortunadamente, siguen entre nosotros. Para ellos mi reconocimiento y gratitud permanentes.


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