06/04/2019 / 19:58
Marta Velasco


Imagenes

Ingleses

Adoro sus tradiciones, sus ciudades y sus parques. Me gustan las carreras de Ascott, las regatas de Cambridge y Oxford, el tenis...


Hace un par de sábados viajé por tierras de Guadalajara y Soria hasta llegar a Morón de Almazán, donde la alcaldesa regenta un campo de golf. Es un lugar recoleto, un refugio de verdor en mitad del austero paisaje soriano, con bonitos árboles, un arroyo saltarín, puentecillo de madera, pájaros y abejorros por doquier y en su sede social un letrero que dice “Se recuerda a los jugadores la obligación de arreglar los piques”.

Yo no juego al golf, pero mis amigos más elegantes sí, así que entendí, con la sagacidad que me caracteriza, que los jugadores, en caso de enfadarse entre ellos, deben hacer las paces antes de irse a casa. Me pareció un detallazo de fair play.  Luego me explicaron que un pique es levantar la hierba y se trata de dejarla como estaba. Todos se rieron cortésmente y Antonio Bernal me animó a escribir algo sobre el golf y los ingleses.

Poco sé de golf, pero mi afición por los ingleses data de los tiempos infantiles con las aventuras de Guillermo Brown. Después de Richmal Crompton, descubrí a Wodehouse, Agatha Christie, las Brönte, Jane Austen… Desayunaba con el Imperio Británico escuchando Pompa y Circunstancia.  Hasta que llegaron los Beatles y, ellos bastaron para perdonar a la pérfida Albión nuestros tradicionales desencuentros: Gibraltar, la Armada Invencible y los hooligans…

Un verano asistí a un partido de cricket en un pueblecito de Norfolk llamado South Lopham. Al amanecer, los dos equipos formados con impecable uniforme blanco y visera de color distintivo cantaron God save the Queen. A mediodía pararon para tomar el té y, confortados con tan insípido brebaje, arreglaron los agujeros del terreno y continuaron jugando y comiendo sándwiches de pepino sin desfallecer hasta las tantas de la madrugada.

Adoro sus tradiciones, sus ciudades y sus parques. Me gustan las carreras de Ascott con esos homéricos sombreros, las regatas de Cambridge y Oxford, el tenis y el rugby, un juego de carniceros jugado por caballeros, según dicen.  Ellos han puesto el listón de los deportes en modo “elegante”.

Los ingleses viajaron por todo el mundo con sus vajillas Wedgwood y sus jarritas de plata y se vistieron el esmoquin para cenar, aunque estuvieran en la selva.  Amo su sentido del humor, sus bodas reales, lo bajo que hablan en los pubs y lo jodidamente displicentes que se mostraban con los porteadores en los safaris de las películas. 

Siempre soñé con subirme a una caja de cerveza en el Speaker’s Corner para protestar, y ahora me gustaría hacerlo para rogarles que no sigan con el Brexit. Esa gran nación, que se forjó con estadistas como Churchill y su sueño europeísta, no debe salir del proyecto común… ¡Ohh, my God, no nos fastidies Theresa May, muestra tu espíritu inglés, mi vieja deportiva! Acucian los europeos para que se decida, pero el Parlamento inglés no apoya a la Premier y ella duda. Quedaos, please: en Europa necesitamos algo de disciplina inglesa y un poco de flema británica. 


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