11/12/2020 / 19:37
Jesús de Andrés


Imagenes

Javier Sanz

Bloody Mary llama a su columna, que tiene más de fino seguntino (gaseosa de casa Segontia, vermú rojo y cerveza) que vodka con zumo de tomate.


Por Jesús de Andrés

Uno, que es de hábitos fijos, acostumbra a comenzar la lectura del periódico por el artículo de Javier, compañero de columna, palabra y omisión. Apenas lo he tratado, habremos intercambiado quizá algún saludo entre tímido y respetuoso, pero lo conozco con la familiaridad de quien se toma el aperitivo con él todos los viernes. Javier Sanz es el articulista que todo director de opinión querría tener en sus páginas. Su columna es de las que sostienen un periódico, de las que mantienen una techumbre y dan cobijo. Decía otro maestro, González-Ruano, que una columna es como una morcilla, en la que todo cabe siempre y cuando estén bien atados sus extremos. Y las suyas tienen siempre un inicio y un final bien atados, buenos ingredientes y ningún relleno artificial. Al contrario, su materia prima está hecha de esteticismo, sabiduría y buen oído. En sus artículos hay una cercanía al territorio, a lo inmediato, un recrearse en la anécdota, en lo que puede parecer intrascendente pero es fundamental. Su cotidianeidad está llena de olores y sabores.

Iba yo a comprar el pan…, se titula uno de los libros de Umbral, a cuya genealogía pertenece Javier Sanz. Porque su prosa enlaza con la que desde Larra y Azorín, pasando por Miró, Cela y Ruano, llega hasta Umbral y el nuevo periodismo: respeto al lenguaje, pulsión literaria, cotidianeidad alejada del costumbrismo y un eco lírico que envuelve a su palabra. En sus textos hay un logrado madiraje, como se dice ahora, entre el lenguaje académico y las frases de pastor, sin demérito de ninguna. Javier gana cuando toma sitio en la barra del bar, como cuando Pérez-Reverte se acoda en el bar de Lola para tuitear, y desde allí observa para contarnos. Bloody Mary llama a su columna, que tiene más de fino seguntino (gaseosa de casa Segontia, vermú rojo y cerveza) que vodka con zumo de tomate. Al igual que Gabriel Miró, con quien comparte la perspectiva cercana y el aliento en la expresión, prefiere el medio local al deslumbre capitalino, y no será por falta de oportunidades, méritos o reconocimiento para escribir en la prensa nacional. En una España en la que, como decía Cernuda, la falsedad pasa por valor, qué mejor ejemplo que el suyo, que oculta un impresionante currículum bajo su firma como “colaborador”.

Ejerciendo de seguntino como ejerce, es normal que rehúya la hostilidad que hablar de determinadas cosas podría causarle. Rodeado por tirios y troyanos, también lo es que se deje arrastrar, a veces, por la ira al gobierno. O que, llevado por su afición, le dé por hablar de toros o toreros. Nadie es perfecto. Escribe por placer y cultiva así su amor a la tierra y al idioma. No pretende la gloria local, al contrario, hace tiempo que entendió que lo local es la gloria.


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