05/02/2020 / 21:54
Tomás Gismera


Imagenes

Juan-Catalina García López

Memoria del primer cronista provincial de Guadalajara (1845-1911)


En la media noche del 24 de noviembre de 1845, festividad de San Juan de la Cruz; iniciándose el día 25, de Santa Catalina, vio la luz del mundo, en Salmerón, quien sería el primer Cronista oficial de la provincia, y de la ciudad de Guadalajara, Juan-Catalina García López.

Nombre y apellidos que llevan a la confusión. Que, a su fallecimiento, aclaró quien escribiese su nota necrológica para la Real Academia de la Historia, su amigo y compañero don Manuel Pérez Villamil: Había nacido en Salmerón, provincia de Guadalajara, en el año 1845, y como se disputasen su nacimiento el acabar del día 24 de noviembre y el empezar del siguiente, sus padres quisieron dedicarlo a los santos titulares de ambos días, que lo eran San Juan de la Cruz y Santa Catalina, por lo cual tomó los nombres de Juan-Catalina, creándose nuevo apellido que relegó a segundo término el García de su padre.

Su padre, Luis García Dorado, natural de Berninches, era en ese momento el maestro de la escuela de niños de Salmerón, de donde pasó poco después a ejercer la de Brihuega; su madre Petra López Recio, nació en Alocén. Junto a su padre, en Salmerón y Brihuega, estudió las primeras letras antes de pasar al Instituto de Guadalajara en 1858, y al San Isidro de Madrid en 1861, donde se hizo Bachiller antes de entrar en la Universidad donde continuó estudios, de Derecho, Filosofía y Letras, en los que  alcanzó el doctorado, iniciando a partir de la década de 1860 un ascenso meteórico en el mundo de la historia.

Para estos años la familia al completo se hallaba en Madrid, a donde se trasladó desde Brihuega su padre en 1861, obteniendo plaza en las escuelas municipales de La Latina, y en cuyo distrito formó parte de la Asociación de padres de familia para redención de la suerte de los soldados, e igualmente formó parte de numerosas asociaciones de maestros, dejando para la docencia algún que otro libro, de enseñanza, entre ellos Aritmética para niños, en el que compartió autoría con el también maestro Patricio Nájera Cosín. Mientras, Juan-Catalina comenzaba su vida literaria en la revista Fomento Literario, en 1864. Había comenzado por entonces a dar rienda suelta a su espíritu de divulgación histórico literaria, con la investigación y posterior edición de algunos títulos significativos para el futuro histórico de Guadalajara y Madrid. Trabajos que serían presentados en 1876 en la Gran Exposición Provincial de Guadalajara que tendría lugar en el Palacio del Infantado en el otoño de ese año, que lo harían merecedor de una medalla de plata y otra de bronce, por las obras presentadas: Estudios biográficos-bibliográficos de la provincia de Guadalajara, y Catálogo de la Biblioteca de la Sociedad Económica Matritense.

Fue ese año 1876, a raíz de la exposición, el que le abrió la puerta de la Historia en Guadalajara, ya que la Diputación provincial, en su sesión del 7 de noviembre lo nombró Cronista oficial de la provincia. Días después el Ayuntamiento de la ciudad le confirió igual cargo en cuanto a la capital se refiere. En compensación a aquellos nombramientos ofreció a la ciudad un nuevo estudio histórico-literario, el Rasgo Histórico de Nuestra Señora de la Antigua de Guadalajara- A la provincia, el inicio de sus Relaciones Topográficas, que verían la luz a partir de 1903.

En el transcurso de este tiempo había sido nombrado, académico correspondiente de la Real de la Historia, que pasaría a ser numerario el 18 de abril de 1890, leyendo su discurso el 27 de mayo de 1894. Un discurso contestado por quien era a la sazón uno de sus padrinos en la Academia, D. Juan de Dios de la Rada y Delgado, entonces director del Museo Arqueológico Nacional a quien, casualidades del destino, sustituiría años después. En la Real Academia se convirtió don Juan Catalina García en promotor, o padrino, de algunos otros ilustres historiadores, entre ellos el seguntino Manuel Pérez Villamil, a quien contestó en su discurso de ingreso, del mismo modo que lo hizo cuando oficialmente entró en la academia el ilustre Marqués de Cerralbo, a quien conoció en el Instituto de San Isidro y cuya amistad mantuvieron a lo largo del tiempo.

Olvidada la carrera de Derecho se dedicó a las letras, colaborando en un buen número de periódicos, entre los que destacaron La Unión, así como  El Fénix, siendo director de La España, periódico desde el que no perdió ocasión de hablar de Guadalajara, y de Brihuega.

Con el tiempo colaboraría en la mayoría de la prensa provincial, desde La Crónica, a Flores y Abejas o las revistas y periódicos locales Atienza Ilustrada y El Briocense; del mismo modo que lo hizo en la Revista de la Asociación Española de Excursiones; en la de Archivos, Bibliotecas y Museos; en la de la Real Academia de la Historia, o en la erudita Revista Contemporánea, a través de la que dio a conocer el Fuero de Brihuega, en 1887, que al año siguiente se trasladó a libro. Tampoco faltaron sus líneas en La Ilustración Católica, que terminó dirigiendo Pérez Villamil.

El 15 de abril de 1885 alcanzó a ser nombrado, por oposición, Catedrático de Arqueología en la Escuela Diplomática de Madrid y poco después, en el mes de julio, fue comisionado por el Gobierno del Reino para viajar por Europa a fin de conocer los museos arqueológicos de Italia, Suecia, Francia e Inglaterra, a fin de reorganizar el madrileño.

Fue 1886 año de glorias literarias para la provincia, puesto que se dedicó a la preparación de otra obra de referencia, La Historia de la Muy Noble y Muy  Leal ciudad de Guadalajara, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días. Dos tomos que en conjunto superan las mil páginas.

En 1888 fue nombrado catedrático de la Universidad Central; en 1889 dio a la luz su Ensayo de una Bibliografía Complutense; en 1891 tomó parte del gran proyecto de la Academia de la Historia, que trataría de escribir la de España, siendo encargado de llevar a cabo los tomos correspondientes a los reinados de Pedro I, Enrique II, Juan I y Enrique III, que vieron la luz entre 1892 y 1893. Años en los que formó parte, junto a Fidel Fita, de la Comisión Real para la Exposición Histórica Europea, celebrada en Madrid, con motivo del cuarto centenario del Descubrimiento.

A estos trabajos, ediciones y nombramientos seguirían otros, como el ya dicho de director del Museo Arqueológico Nacional, en 1900; el de catedrático de Numismática y Epigrafía; el de vicepresidente de la Comisión de Excavaciones de Numancia, en 1905; o el de secretario perpetuo de la Real Academia de la Historia, en 1909. En medio, senador Real por designación de las academias de la Historia y de las Sociedades Económica y Matritense, y del País, entre 1904 y su fallecimiento.

No todo le fue bien en la vida. En el camino del éxito la muerte se llevó a cuatro de sus siete hijos y a alguno de sus nietos, en cuyas enfermedades gastó el poco patrimonio que logró a lo largo de su carrera; del mismo modo que comenzó a perder la vista cuando más centrado estaba en la edición de obras de calado provincial. También había tenido que vender la casa de sus sueños, levantada en la población de Espinosa de Henares, a la que solía acudir junto a la familia todos los veranos desde la década de 1890, para realizar desde ella las excursiones soñadas al través de la provincia.

Tras toda una vida dedicada al estudio, y ser designado Secretario Perpetuo de la Real Academia de la Historia, cambió su domicilio a la institución, en la calle del León 25, donde le correspondía vivir. Hasta entonces lo había hecho, después de dejar la calle del Desengaño, en el número 6 de la calle de la Ballesta.

De su domicilio en la Real Academia salió el viernes 13 de enero de 1911 para presidir un tribunal de oposiciones. Había nevado mucho en Madrid y hacía, como entonces se diría, un frío de pasmo, pero nuestro hombre cumplió con su deber, a pesar de que regresó a casa encogido de frío y con un malestar que fue  diagnosticado por los médicos como de bronquitis aguda, que fue debilitándolo y haciéndole empeorar hasta el punto de que el domingo día 15 hizo llamar a su gran amigo el también historiador y académico Ignacio Calvo y Sánchez, el cura natural de Horche que dio a la luz, entre otros trabajos el Dómini Quijoti; Don Ignacio lo confesó y le dio la extremaunción. Al amanecer del miércoles día 18, a eso de las 4,30 de la madrugada, expiró.

En los estantes de la historia reposaban sus obras, numerosas, imposibles de enumerar, desde aquel de La Edad del Hielo y el hombre terciario, a su Elogio del Padre Sigüenza; desde El Libro de la Provincia de Guadalajara, a su Diario de un patriota complutense, pasando por los ya conocidos del Madroñal de Auñón; las Relaciones Topográficas, los Vuelos Arqueológicos, y las decenas de artículos, de historia, arte y cultura, esparcidos por la prensa y revistas especializadas que nos recuerdan la gran obra, que no ha de olvidarse, de quien fue nuestro primer cronista.


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