08/01/2022 / 16:24
Jesús de Andrés


Imagenes

La Constante

La Constante fue una enorme fábrica para el tratamiento de la plata extraída en Hiendelaencina a mediados del siglo XIX, cuando el capital inglés acumulado en la revolución industrial llegó a España en forma de inversiones mineras, siderúrgicas y vinícolas.


Como cada año por estas fechas navideñas, mis dos hermanos y yo hemos hecho una ruta caminando por la provincia. Por la Alcarria más profunda, hasta el castillo de Zafra, cruzando el Barranco de la Hoz, por el Alto Tajo o la Sierra, tanto nos da, lo importante es hacer un buen puñado de kilómetros andando y conversando tranquilamente, tirar unas fotos, disfrutar del paisaje y del terruño. En esta ocasión subimos hasta Gascueña de Bornova, en la falda del Alto Rey; desde el pueblo bajamos hasta el río, lo cruzamos y subimos hasta el molino para, desde allí, aguas arriba, buscar las antiguas ruinas de La Constante. Este año preparamos la ruta siguiendo un artículo de Luis Monje Ciruelo, recogido en Clamores por los pueblos muertos, libro editado por Nueva Alcarria en homenaje a sus 80 años como periodista que recoge un sinfín de sugerencias y reflexiones sobre el abandono de Castilla, la despoblación y la belleza de una tierra sometida como pocas a los vaivenes de la historia.

La Constante fue una enorme fábrica para el tratamiento de la plata extraída en Hiendelaencina a mediados del siglo XIX, cuando el capital inglés acumulado en la revolución industrial llegó a España en forma de inversiones mineras, siderúrgicas y vinícolas. Más de 200 pozos mineros -uno de ellos, la mina Santa Catalina, de 900 metros de profundidad- llegó a tener la zona; más de 10.000 habitantes Las Minas, como es conocido el pueblo serrano. Llegar a La Constante, entre la humedad del río y la espesa vegetación deshojada por el invierno, descubrir sus rocas cubiertas de verde musgo y adentrarse entre los árboles caídos es una experiencia en la que uno se siente Agustín Lizárraga descubriendo Machu Picchu, en la que cualquiera puede, de la mano de Monje Ciruelo, experimentar las sensaciones de un modesto Indiana Jones alcarreño en busca del Arca de la Alianza, el Santo Grial o la Atlántida.

Luis Monje Ciruelo ha sido y es un regalo para una tierra como la nuestra. Desde los tiempos más grises ha sobresalido sobre sus coetáneos por su precisión periodística, su atinada prosa y su crítica, siempre constructiva. Aunque no siempre hayamos sabido verlo, Monje ha sido nuestro Kapuściński local. No nos ha relatado sus viajes al imperio soviético o al continente africano, nos ha contado sus salidas al páramo molinés o a la arquitectura negra, a los pueblos abandonados o cubiertos por los pantanos, a los castillos medievales y a los palacios renacentistas. No ha sido corresponsal de ninguna guerra, pero nos ha contado nuestra propia historia día a día, desde la cercanía y el saber atesorado durante décadas de rigor profesional. Más de ocho décadas de periodismo, se dice pronto, que son un clamor de vida. Larga vida, Monje.


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