23/10/2020 / 12:59
Jesús de Andrés


Imagenes

La cucaña social

 La lucha de clases a la española no ha sido nunca entre proletarios y dueños de los medios de producción, eso son patrañas del catecismo marxista.


La educación ha sido siempre un ascensor social, la única posibilidad honrada, junto con el trabajo emprendedor, de mejorar el estatus, de escalar puestos en la estructura social, de progresar económica y profesionalmente, al menos desde que estamos en sociedades igualitarias, en Estados con vocación social como el nuestro, cuyo carácter antepone la Constitución a cualquier otro. De ahí su importancia, sobre todo en un mundo en el que la desigualdad extrema es cada vez mayor, en el que cada vez hay más pobres de solemnidad y más multimillonarios en euros. La sociedad de clases medias se aleja cada vez más y Europa ha dejado de ser una isla de riqueza bien repartida. Nadie nos asegura que estas clases medias permanezcan por muchos años, todo indica lo contrario. Su declive se observa, paulatino, desde hace décadas.

Cuando en Estados Unidos todo era sueño americano, en los años cuarenta y cincuenta, aquí ni sabíamos qué era eso, aunque algo nos llegaba a través del cine y bastante menos a través de la literatura. Mientras en Europa se desarrollaban los Estados de Bienestar, los españoles estábamos sometidos por la dictadura bajo la excusa de la posguerra -como si el resto de los europeos no hubieran tenido la suya- y malvivíamos en plena autarquía de suelas de cartón, cartillas de racionamiento y estraperlo. Cuando a finales de los cuarenta Tennessee Williams criticaba la falsedad del estilo de vida americano en obras como Un tranvía llamado deseo o La gata sobre el tejado de zinc, nuestra sociedad, hecha de frío, hambre y miseria, era reflejada por Cela en La colmena. Cuando los Richard Yates y Philip Roth profundizaron en la crítica existencial al sueño americano, en España comenzaba el desarrollismo, que fue lo más parecido que nunca tuvimos.

Hoy estamos todos en un escenario parejo en el que la amenaza de la desigualdad es la misma para todos. No pocos gobiernos han contribuido a ella recortando impuestos y servicios públicos a la vez. En este contexto, el gran problema del ascensor social educativo es que, sobre todo en periodos de crisis, cuando sus plazas se reducen, cuando la limitación de peso obliga a dejar pasajeros fuera, su mecanismo no funciona igual, se hace más lento, más restrictivo y lo que antes era un espacio amplio se convierte en una cucaña, en un mayo ensebado y resbaladizo. La lucha de clases a la española no ha sido nunca entre proletarios y dueños de los medios de producción, eso son patrañas del catecismo marxista. La verdadera lucha de clases ha sido la resistencia de los de arriba a perder su posición. Para ello, lo fundamental es que no lleguen los de abajo, dar más grasa a la cucaña. Solo una educación pública de calidad podrá evitarlo.


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