22/08/2022 / 12:54
Antonio Yagüe


Imagenes

La España quemada

Hemos visto incendios desbocados con una potencia calorífica descomunal,  tan explosivos que en minutos desbordaban los dispositivos de extinción y era imposible controlarlos en semanas. 


Los incendios forestales, algunos monstruosos y terroríficos, han arrasado, según datos oficiales, el equivalente a cinco veranos. Y los de todo el año, tres veces más que en la última década. Ha sido superado el récord que ostentaba 2012, con encarnizadas críticas a Rajoy. En 2006, otro año aciago, el acusado de incompetente fue Zapatero. Normal. El presidente de un país siempre es el máximo responsable, aunque tire de chivos expiatorios como el cambio climático.

El infierno visitó entonces especialmente Valencia y Galicia. Este año, como a veces el Gordo de Navidad, ha venido repartido. Se nos ha aproximado de manera pavorosa por la vecina comarca de Calatayud. La UE nos ha sacado los colores al certificar que el 40 por ciento de todos los montes devastados en el continente están de Pirineos hacia abajo: más de 237.000 hectáreas.

Los expertos serios, si quedan tras el finiquitado Icona, apuntan a la conjunción de las olas de calor y a la maleza y los matorrales secos que han convertido los bosques en un polvorín como resultado del abandono rural. También, a tareas agrícolas o forestales inadecuadas y a los  incendiarios de siempre movidos por intereses espurios.

Hemos visto incendios desbocados con una potencia calorífica descomunal,  tan explosivos que en minutos desbordaban los dispositivos de extinción y era imposible controlarlos en semanas. Ocho de los casi 7.250 incendios superaron 10.000 hectáreas destruidas y uno, en la Sierra de la Culebra (Zamora), rondó las 25.000. El cuarto mayor del siglo.

Se decía que España tenía uno de los mejores dispositivos de extinción. Lo mismo que de sanitarios, hasta el Covid. Muchas veces he oido al gran periodista y amigo Jenaro Iritia que la mejor manera de controlar los incendios es evitar que se produzcan empezando por impedir que los montes sean un polvorín. Requeriría una manifiestamente mejorable gestión forestal, recuperar el pastoreo que desbroza y limpia los montes, y rodearlos de cultivos como cortafuegos naturales.

Algunos hablan de otra España en llamas con gente bastante quemada. Fuego sobre fuego “¡Más madera!”


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