31/07/2021 / 15:35
Javier Sanz


Imagenes

La España rociíta

España revival de lo cutrecañí ante el televisor y las familias tomando parte con la ministra de la cosa y la niñera en un navajeo familiar.


Era otra, en los ochenta. Se había producido en el Manzanares el desembarco andaluz que cronificaría Márquez Reviriego y en la capital del reino daban las doce de los jueves en “El rincón de Jerez”, un patio sevillano sumergido allá por Manuel Becerra, y se paraba hasta el aire acondicionado para cantar la Salve del Rocío. Era la España rociera, la Moncloa tomada y Julio Feo, dinosaurio de una especie que ha decaído en Iván Redondo como Felipe II decayó en Carlos ídem, rotulaba en las pancartas de media sábana que “OTAN de entrada no”, marcha incluida hasta Torrejón por la Nacional II como el cartel de “Novecento”; de entrada no, pero de salida mucho menos. Felipe y la zorrera de la bodeguilla, niebla de humo de habanos de Fidel que encendía a dos manos porque ya no las necesitaba para, una delante y otra detrás, taparse las vergüenzas de una pana que clareaba, que ya le cortaban la franela y en verano la alpaca para salir niquelao donde antes comparecía alquilao de Cornejo.

La España rociera, vientos del sur, ida y vuelta, AVE Madrid-Sevilla y puente del Alamillo para cruzar a la Expo’92 con el maletín de Loewe modelo trinque, la hazaña del descubrimiento, soñadores de España de Plácido Domingo, la conquista del océano con galeotes y sin Bezos a bordo, y el descubrimiento del Nuevo Mundo como gesta ahora abominable para ideólogos de allá y de celaá con pases con ocho suspensos. España rociera perfumada con agua de azahar del grifo de Vitorio & Lucchino, Boyer fichado por la beautiful destino Puerta de Hierro y la revolución de los claveles rojos no en la punta del fusil sino en la solapa de las americanas de Cortefiel donde se uniformaban a medida de subsecretarios para abajo. Todo ello colaba porque Felipe tenía la exclusiva de la megafonía Polanco, que voceaba a cinco columnas lo de socialista antes que marxista como la gran frase que cerraba el bucle de la Transición (escríbase siempre con mayúscula), escolarizaba obligatoria y gratuitamente y repartía tarjetas para entrar, tampoco gratis pero sí todos, en los hospitales de la mejor Sanidad de Europa con médicos samaritanos.

De aquélla, rociera, a ésta, la España rociada de Rociíto, en cuarenta fascículos fucsias. España revival de lo cutrecañí ante el televisor y las familias tomando parte con la ministra de la cosa y la niñera en un navajeo familiar donde el grado más alto de excelencia fue un bachiller con clases particulares, psicoanálisis no de diván en penumbra argentina sino de sillón y foco, oráculo de una España que ha visto posar a un Sánchez “Cowboy de medianoche II” en la Gran Manzana, un presidente que pide foto y autógrafo a Biden como de pequeños hicimos con Gento, Bahamontes o El Viti para colgarla medio siglo después en facebook. 

La España rociada de Rociíto, a quien llueven ofertas vasílicas para pillar en un día lo que no ganaron De la Quadra Salcedo, Soler Serrano o Íñigo en medio año, lo que no pillan los becarios en cinco, el icono rosa de lo fácil, de lo ganso, de un drama sin el morbo intelectual de los Panero, puestos a pedir. Esta España rociíta es el tráiler de una época, un castellet en el que los morados de abajo amagan con doblar las rodillas si no les dan vicepresidencias y ministerios de “todo a 100”, con sus cien mil asesores de San Luis y pulseras “todo incluido”, los ministerios gozosos que antes eran direcciones generales o secretarías de Estado y un día la memoria histórica o democrática o zapatera, memoria mandanga, tendrá que baremar para decir quién fue titular en regla y quién ministro Georgie Dann, o sea, concesionario de chiringuito. Qué España rociíta la de este Julio desenmascarillado, ésta de la hija de la copla contra el tricornio de charol en el paredón del plató, quién contra quién en la hemeroteca de la barbería para tomar partido mientras la luz del ventilador cuesta como un hijo en Harvard. Qué icónica España de Frascuelo y de María, pero sobre todo qué España de la Bernarda, la de las siete peinetas clavadas en su rizado moño.


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