04/06/2022 / 12:57
Jesús de Andrés


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La OTAN

 La invasión rusa de Ucrania, llevada a cabo precisamente por la supuesta amenaza que para Rusia podría tener el ingreso de su vecino en la Alianza Atlántica, ha despertado el interés por el papel que esta asociación militar puede desarrollar en el futuro.


Avanzan los preparativos para la cumbre de la OTAN que tendrá lugar a finales de mes en Madrid. Pocas veces una reunión de este tipo ha llamado tanto la atención. La invasión rusa de Ucrania, llevada a cabo precisamente por la supuesta amenaza que para Rusia podría tener el ingreso de su vecino en la Alianza Atlántica, ha despertado el interés por el papel que esta asociación militar puede desarrollar en el futuro. Formada por treinta Estados que son socios de pleno derecho, la OTAN conforma un pacto de defensa colectiva. Cualquier país miembro de la Alianza que sea atacado por otro externo será defendido automáticamente por el resto, de ahí el enorme interés de Ucrania por tener aliados que pudieran defenderla del oso ruso y de ahí también la negativa de Rusia a cualquier acercamiento de aquellos territorios que hace poco más de treinta años formaban parte de la Unión Soviética.

La tardía incorporación de España, tan discutida en su momento y tan obvia hoy en día, fue resultado de una anomalía histórica, la resultante de haber sido una dictadura apestada durante décadas. Nadie contó con nosotros, que habíamos sido aliados fieles del nazismo alemán y del fascismo italiano, cuando se creó en 1949. Y nadie contó con nosotros cuando se fundó la Comunidad Económica Europea, institución de apoyo económico que vino a completar el entramado aliado resultante de la posguerra mundial. Cuando el franquismo pidió el ingreso en las instituciones europeas se le informó de lo que ya sabía: es un club de democracias, vuelvan ustedes cuando lo sean. Tras la transición, por fin, se solicitó el ingreso en una y otra. En primer lugar, en la OTAN, nada más fracasar el golpe de Estado del 23-F, en 1981. Posteriormente, una vez afianzada la pertenencia a la Alianza Atlántica, en las comunidades europeas. El ingenuo antiamericanismo de buena parte de la izquierda española nos tuvo entretenidos con las idas y venidas del PSOE (del “OTAN de entrada, no”, al “OTAN sí”), que se resolvió con un referéndum, celebrado en marzo de 1984, a la medida de la salvada de cara que Felipe González necesitó en aquel momento. Pocos años después, en 1995, Javier Solana, quien era ministro de Asuntos Exteriores sería nombrado secretario general de la Alianza. La caída del muro y la desaparición de la URSS provocaron un alud de solicitudes de países que habían pertenecido al Pacto de Varsovia.

Durante décadas se ha discutido la utilidad de una asociación diseñada para un contexto de guerra fría, de enfrentamiento entre dos grandes bloques. La respuesta, para quien tuviera dudas, la ha dado Putin con ritmo de artillería pesada. Que todavía haya socios del Gobierno que cuestionen su actual validez habla sobre todo de ellos. Y no para bien.


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