25/06/2021 / 15:04
Marta Velasco


Imagenes

La vida de ahora

La mejor parte de mi vida he estado desligada del móvil, del ordenador, del fitbit que me exige 10.000 pasos diarios y siete horas de sueño.


Hace un par de años escribí un artículo sobre un libro de Perec, “La vida instrucciones de uso”, publicado en 1978.  La vida de entonces, al menos para mí, era más sencilla, libre, variopinta y divertida, cada uno con su idiosincrasia. Hoy los gobiernos quieren uniformarnos y controlarnos, incluso he leído que pretenden hacer una moneda digital con tal propósito. La pandemia ayuda al control y también la tecnología, pero los más veteranos nos hemos incorporado al asunto tecnológico tarde y, generalmente, mal. Confieso que, en estos últimos tiempos, muchas veces he sentido deseos de tirar el móvil por la ventana y refugiarme en un convento sin cobertura, con una muda y el cepillo de dientes por todo equipaje. 

Sé que soy injusta, que el mundo ha evolucionado y que gracias a la ciencia y a la tecnología estos años horribles han sido mejores, pues sin estas herramientas no habría vencido la ciencia a la enfermedad, yo no podría escribir ni publicar ni hablar con mis nietos que están lejos, ni tampoco chatear con amigos y ver magníficas series de televisión.

  Sin embargo, añoro la vida de antes, sin móviles ni contraseñas. Nos facilitan las cosas, pero ¿a quién le gusta que se la faciliten tanto?  Esos wasaps matutinos con niñas y flores o que te saquen de la ducha para preguntarte donde estás… Encadenada al móvil, que guarda toda mi vida, lo pierdo sin parar, camuflado entre tabletas, IPads y otros artilugios. Y sueño que me lo roban, hay mucho amor-odio en esta relación. Si fuera experta informática esto no pasaría, mi ignorancia es la causa de tanta inseguridad y miedo.

La mejor parte de mi vida ha estado desligada del móvil, del ordenador, del fitbit que me exige 10.000 pasos diarios y siete horas de sueño. En Sigüenza he vivido veranos y veranos sin teléfono ni televisión y era libre y feliz… “¿Por qué – se preguntaba Albert Einstein – esta magnífica tecnología científica, que ahorra trabajo y nos hace la vida más fácil, nos aporta tan poca felicidad?” Seguramente porque no sabemos utilizarla bien, o porque hay gente mala que se sirve de ella para fastidiarnos.  Orwell opinaba que el futuro tecnológico solo se permitiría para disminuir la libertad humana. Mi admirada Clarice Lispector pensaba que la tecnología amenaza destruir todo lo que hay de humano en el hombre, menos la locura. Y mi madre, Juana Bernal, dijo “qué pena me dais, tantos aparatos y no tenéis tiempo para divertiros.”

Cada vez que escribo en Facebook alguna tontería, ya están mis palabras en la nube, y unos jueces lejanos, semejantes a los de los infiernos, Eaco & Company, sin sentido del humor alguno, amenazan con cerrarme la cuenta tres días. Y encima me entero de que la Nube, que yo imaginaba grande como el mundo, navegando con sus brillos por el espacio sideral, no es tal, sino un edificio poligonero lleno de ordenadores y cables que puede estar al alcance de cualquier hacker. Soy una ilusa.


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