29/08/2020 / 19:54
Jesús de Andrés


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Liberales

Desde la Transición, han sido varios los intentos de consolidar un partido liberal que defienda los derechos y libertades individuales, la economía de mercado, la meritocracia...


Tanta fue la influencia de las Cortes de Cádiz y de su Constitución de 1812, liderada por el grupo de los liberales –quel que se oponía a la invasión de las tropas de Napoleón a la vez que a la continuidad del Antiguo Régimen–, que las palabras liberal y liberalismo pasaron al inglés y al francés, manteniéndose hasta nuestros días como sinónimo de defensa de la libertad individual y de la igualdad ante la ley. Floridablanca, Aranda, Jovellanos, Campomanes y tantos otros fueron precursores de aquellos que, tras el regreso de Fernando VII, acabaron siendo perseguidos o ejecutados durante su largo reinado: Arguelles, Moratín, Blanco White, Alcalá Galiano, Torrijos, Mariana Pineda y un largo etcétera. Desde entonces, el liberalismo español ha buscado su hueco, no siempre fácil de encontrar, entre las querencias absolutistas y reaccionarias de unos y los afanes revolucionarios de otros.

Desde la Transición, han sido varios los intentos de consolidar un partido liberal que defienda los derechos y libertades individuales, la economía de mercado, la meritocracia, la trasparencia, la limitación gubernamental y el compromiso con la democracia representativa. Ese testigo lo han intentado abanderar varios partidos, con escaso éxito: el Partido Liberal y la Unión Liberal, ambos coaligados a la Alianza Popular de Manuel Fraga; el CDS de Adolfo Suárez; el Partido Reformista Democrático de Miguel Roca; la UPyD de Rosa Díaz y, más recientemente, Ciudadanos. A la sombra de otros partidos o incapaz de gestionar sus alianzas, nunca ha acabado de fraguar una opción liberal a pesar del amplio margen existente para ello. Aunque buena parte de los españoles se definen a sí mismos como liberales, no ha habido un partido que los represente. Absorbidos por el bipartidismo o atrapados en las redes de la disputa nacionalista, han fracasado una y otra vez.

Pese a sus pretensiones, el Partido Popular, que ha intentado siempre integrar en sus filas a la corriente liberal, lo ha sido más de boquilla que en realidad. Bien es cierto que los populares lograron su máximo apoyo sumando diversas corrientes: la conservadora, la demócrata cristiana, la extrema derecha nacionalista y la liberal, al menos hasta la aparición de los nuevos partidos. Con más apoyo entre sus electores que entre sus cuadros, el liberalismo siempre ha sido un verso libre en el PP, una pose sin contenido. La defenestración de Cayetana Álvarez de Toledo es el último capítulo del desencuentro entre unas élites partidistas que se encuentran más cómodas en el radicalismo nacionalista que se ha llevado Vox y un electorado liberal huérfano de padre y madre. Está por verse quién les dará cobijo, quizás Ciudadanos. Lo que sí está claro es que Casado ha renunciado a los principios bajo los que se presentó a cambio de las lentejas de un resultado electoral tan lejano como incierto.


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