08/11/2019 / 17:35
Jesús de Andrés


Imagenes

Mal de hartura

 El domingo se impone, más que la obligación de ir a votar, la necesidad de contribuir a desatascar la situación, y eso no se conseguirá quedándonos en casa.


Nos enfrentamos a las cuartas elecciones generales en apenas cuatro años. A pesar de ser esta la campaña electoral más breve de la historia de nuestra democracia, pocas veces se ha notado de manera tan evidente el hastío del personal, la hartura colectiva que se manifiesta en cuanto sale el tema, el tedio acumulado ante la imposibilidad de articular mayorías suficientes y la incapacidad de conformar gobierno. Nunca se había visto tan poco interés por los debates, tan escasa asistencia a los mítines, tanta desidia ante lo que puedan decir unos y otros. Si en algo coinciden los electores en esta mini campaña, más allá del cabreo por la publicidad enviada a domicilio, es en la resignación ante el escenario al que hemos llegado. Y el deseo de que pase cuanto antes. No me voy a ir muy lejos para buscar ejemplos. A mí, que me gusta más un debate electoral que a un futbolero una final de la Champions, me costó horrores seguir el del pasado lunes entre los cinco líderes de los partidos políticos. Me dormí.

Pese a ello, el domingo se impone, más que la obligación de ir a votar, la necesidad de contribuir a desatascar la situación, y eso no se conseguirá quedándonos en casa. El lunes, el dinosaurio seguirá ahí. Y de nada podrán quejarse quienes no voten. No cabe confundir el aburrimiento al que nos ha llevado esta situación de bloqueo mutuo entre unos y otros líderes políticos con reivindicar el desapego de la política, que sigue siendo tan necesaria como siempre. Cuando desde determinados sectores se fomenta el “todos son iguales” y mensajes semejantes, hay que pensar en cuánto beneficia a quien lo expresa. Es cierto que escuchar a nuestros políticos requiere armarse de paciencia, sobre todo viendo sus perfiles: el que desvía la mirada cuando se le pregunta de frente, el oportunista que modera o endurece su discurso dependiendo de la coyuntura, el hiperventilado ante la debacle que todos le anuncian, el demagogo con piel de cordero y el caballero bizarro al que le asoma la hipocresía en cuanto se le rasca un poco. Con ese plantel es normal que surjan dudas, pero no debería haberlas -salvo que caigamos en la trampa- sobre la legitimidad de nuestro sistema democrático, que efectivamente tendrá defectos pero sigue siendo el único que garantiza la estabilidad, la convivencia y el bienestar.

El mal de altura provoca que no funcionen adecuadamente nuestros sentidos, causa nerviosismo y agotamiento, nos impide estar alerta, hace que perdamos la atención. No dejemos que la hartura en la que estamos instalados nos confunda hasta el extremo de cuestionar nuestros principios. Voten el domingo, es importante.

PD. Reflexionaremos sobre los resultados el próximo miércoles día 13, a las 19,00 h. en la UNED de Guadalajara. 


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