20/06/2020 / 19:30
Antonio Yagüe


Imagenes

Mar, playa y chiringuitos

En mi niñez rural la gente no se bañaba salvo si le sorprendía una tormenta. Hablaba del mar como algo lejano y desconocido, a la vez que fascinante.


Cuando llega la golondrina, el verano está encima, reza el proverbio. Mar y playa siguen siendo, según las encuestas, la opción preferida de los españoles para disfrutarlo. Arena blanca, olas rompiendo en la orilla, tumbonas al sol y una cerveza en la mesa del chiringuito. Pero aunque resulte raro, hay gente que no se siente atraída. Más bien todo lo contrario. Como nuestros antepasados.

En mi niñez rural la gente no se bañaba salvo si le sorprendía una tormenta. Hablaba del mar como algo lejano y desconocido, a la vez que fascinante. Pero ya contaban y no acababan de playas, Benidorm, sombrillas…  Y asombraban en la tele primitivos bikinis en blanco y negro. Lo primero al llegar a una ciudad costera, incluso de noche, era ir a ver el mar, descalzarse, mojarse los pies y probar si el agua estaba tan salada como decían.

Durante siglos las playas fueron lugares poco recomendables, siniestros e inquietantes. Apenas eran frecuentadas por almas solitarias o atormentados poetas románticos. El mar tenía, y aún tiene, esa molesta manía de devolver sus muertos a tierra. Paseando por sus orillas, uno podía darse de bruces con cadáveres de marineros ahogados, restos de naufragios o, todavía peor, peligrosos contrabandistas en plena faena y armados.

Las crónicas atribuyen a la granadina Eugenia de Montijo (1826-1920), emperatriz de Francia y esposa de Napoleón III, haber puesto de moda entre la aristocracia europea el concepto moderno de veraneo bañándose en las aguas cantábricas de Hendaya y Biarritz. Ejerció de pre-influencer, una especie de Carolina de Mónaco de la época. Pronto aquella costumbre estrambótica en la época fue copiada por la nobleza y la burguesía española. Se convirtió en una especie de trending topic de obligado cumplimiento para cualquier familia adinerada con pretensiones. 

El pueblo todo lo copia. Siglo y medio después la innovadora práctica de mojarse las pantorrillas entre la espuma de las olas y disfrutar de las benéficas propiedades de la salobre brisa marina, ha acabado por convertirse en norma cultural y sinónimo absoluto del verano. 

Luego llegó el chiringuito, icono del veraneo patrio y parte indisoluble de las playas y de nuestra idea de ocio estival. Y del paisaje político, también tierra adentro, para colocar a familiares y amiguetes en fundaciones vinculadas a partidos y empresas públicas.  


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