28/06/2019 / 12:08
Jesús de Andrés


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Mentiras

En política, las mentiras tienen también efectos perniciosos.


Hay muchos tipos de mentira. Las hay buenas, malas, aceptables, intolerables… Todas tienen en común el rasgo que las define: chocan con la verdad, que siempre es real, irreductible, obstinadamente tozuda. Hay mentiras deliberadas y las hay inconscientes. La mentira piadosa puede estar justificada, incluso ser recomendable ya que trata de no hacer daño. Hay mentiras en la esfera personal que tratan de encubrir a los demás lo que somos y lo que no somos. Hay autoengaños que nos hacemos a nosotros mismos cada día, cosas que nos decimos (que somos, que haremos) sabiendo que nunca serán. Su abuso es pernicioso, pero su ausencia total también lo sería. Nadie más peligroso que quien se jacta de decir siempre la verdad a la cara. Señal de que no tiene filtro alguno o carece de educación y empatía para tratar a los demás.

En política, las mentiras tienen también efectos perniciosos. Todos sabemos que los políticos mienten, lo vemos cada día. A nadie se le pasa por alto cómo cambian su interpretación de la realidad en función de las circunstancias. Cómo son capaces de decir una cosa y la contraria en distintos momentos. Cómo no es igual su percepción del contexto si están en el gobierno o en la oposición. Cómo critican lo que aceptaron antes y dan por bueno lo que reprocharon con vehemencia hace poco tiempo. Lo malo, para ellos, es que están sometidos constantemente al escrutinio público. Siempre son observados. Cada vez que hablan lo hacen en público, con los medios de comunicación como intermediarios de su palabra. Por ello deberían ser más cuidadosos de lo que son, más moderados en sus discursos, menos estruendosos cuando critican porque posiblemente en algún momento tengan que tragarse las palabras dichas. Y su público, nosotros, somos espectadores que tomamos nota.

En Chernobyl, la serie de HBO, la reflexión sobre la mentira articula la historia de cómo la Unión Soviética gestionó aquella catástrofe. Un país construido sobre las mentiras acumuladas de sus dirigentes fue incapaz de gestionar la imparable verdad que supuso la explosión de aquel reactor nuclear. Svetlana Alexiévich, la premio Nobel de Literatura, lo relató mejor que nadie. La URSS era una mentira hacia dentro y hacia fuera. Se falsificaban las estadísticas, los resultados económicos, se falseaba la realidad, todos miraban para otro lado. También entre nosotros, aunque a una escala afortunadamente lejana, se generaliza la mentira, la hipocresía, el sesgo dependiendo de a quién se valore, se inventa aquí y allá siempre y cuando sirva para la causa. No hay pudor en mentir, no lo hay en inventar. Pero a quien observa, a usted y a mí, no nos gusta que nos tomen el pelo, sabemos lo que es verdad y es mentira, aunque a veces, por puro afán de supervivencia, también nos autoengañemos.


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