05/02/2021 / 10:51
Jesús de Andrés


Imagenes

Messi

 El debate abierto sobre su contrato es el previsible: si es un escándalo o no, si lo merece, si genera más o menos beneficios… Opiniones para todos los gustos.


Por más que lo he intentado, debo reconocer que no soy un gran aficionado al fútbol. Entiendo el fervor que desata en su condición de deporte espectáculo, me maravilla su capacidad para crear identidades, me asombran algunos de sus rituales y me llena de curiosidad su relación con la política, los nacionalismos o la economía. Si se paran a analizarlo, es alucinante que un juego cuyo objetivo es meter un balón en una portería genere tanta atención. Comprendo que es un juego de estrategia y me gusta ver el posicionamiento táctico de los jugadores, pero ni por esas. Cuando mi hijo tenía cinco o seis años, una mañana, después de ronronear un rato a mi alrededor y con la ingenuidad que da la edad, me preguntó a bocajarro: “papá, ¿nosotros de qué equipo somos?”. La respuesta, evasiva, se resumía en un “de ninguno, qué más da”, lo que posiblemente constituyó su primera decepción paternofilial. Pero, por fortuna, él tenía claro su objetivo y zanjó la conversación con un decidido “¿y podemos ser del Real Madrid?”. Aunque acudí a ver al Dépor en mi infancia (“hay pipas, oiga”), nunca fui seducido por ningún equipo y mi interés por el deporte rey, al contrario que el de mi hijo, es relativo, pero cómo negarse.

Como sabrán, ha salido a la luz el contrato de Messi y hemos descubierto que cobrará algo más de 555 millones de euros en cuatro años. El debate abierto es el previsible: si es un escándalo o no, si lo merece, si genera más o menos beneficios… Opiniones para todos los gustos y entretenimiento para unas semanas. Pero, más allá de estas discusiones, hay tres asuntos que yo destacaría. En primer lugar, la fiesta la paga el Barça. Y sus socios y seguidores, en todo caso. Ni a usted ni a mí, probablemente, nos haya costado un céntimo. ¿Que son unas cantidades desorbitadas? Sin duda, pero no hay ley que lo impida. En segundo lugar, y esto es impagable, el contrato tenía una finalidad nacionalizadora: pretendía que Messi aprendiera catalán y participara del “procés” independentista. No sé si en la intimidad lo habla, pero todo apunta a que el tiro les ha salido por la culata. Han tratado a su ídolo como si fuera el rótulo de un comercio, forzado a catalanizarse, pero Messi sólo habla el lenguaje del fútbol. Y por último lo más importante: casi la mitad de lo ganado lo pagará en impuestos a Hacienda, que somos todos. Más de 270 millones de euros irán destinados a mantener servicios públicos. Al contrario de los “youtubers” que emigran a Andorra, de los patriotas de pacotilla con domicilio en el Caribe y de tantos evasores insolidarios, Messi paga impuestos en España. Ténganlo en cuenta.


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