11/12/2021 / 17:25
Marta Velasco


Imagenes

No puedo con las apps

Suplico a mi hijo que me haga en el ordenador unos trámites que no sé hacer y vigile que no haya un hacker robándome la identidad y la pasta.


El otro día leí una columna-verité de Karina Sainz Borgo sobre el cajero automático y me sentí comprendida, porque volvía de unas gestiones fallidas en mi banco recién fusionado. Soy de la generación que llegó a internet con euforia, pero, según envejezco y la tecnología avanza, me acuerdo más de mi tía Eugenia que, cuando implantaron el euro, le pedía a su sobrino:

“Pedro, majo ¿me haces un favor? Vas al banco y le dices al director que te dé una pizca así de euros de cincuenta, un dedo de azules y dos de rosas, anda, que tengo que hacer unos pagos. Y, si te lo dan en pesetas, mejor”.

Pedro, servicial, indagaba la cuantía de la pizca, del dedo y del poder que no tenía para sacar billetes de otra cuenta, pero resultaba que sí se podía, eran los tiempos de aquella canción tan bonita que anunciaba acciones canjeables del Banco de Santander. El director conocía a toda la familia de los impositores y, aunque Pedro era sobrino político, le daban la pizca, el dedo y los dos dedos, el cajero sabía la cantidad usual para su cliente y se disculpaba sonriente por no darle pesetas. Mi madre ignoró completamente el euro. Llevaba en el bolso una chequera caducada, un pañuelito de tela, una barra de labios y un billete de cien pesetas antiguas. Atravesó la edad de oro sin poder pagar nunca, como una reina.

Añoro aquel tiempo tan feliz, ahora los bancos solo quieren tu dinero y no ver tu cara de aflicción en la puerta. No quieren tener empleados pacientes que atiendan a las viudas en su terapéutica visita semanal al banco; quieren que pagues con una tarjeta de crédito y débito y, para gestiones, internet. Hay una fila de jubilados ante el cajero y otros tantos sin internet, tratando de informarse dentro del banco. Vuelvo a casa mucho más vieja y suplico a mi hijo que haga en mi ordenador unos trámites que no sé hacer y vigile que no haya un hacker robándome la identidad y la pasta. 

Mi hija me ayuda con paciencia, como si yo fuera una anciana demenciada, para digitalizar la tarjeta de la Seguridad Social. En las tiendas me preguntan si tengo su App para enviarme el recibo. El médico de los huesos me da copia de los análisis protestando: dice que estoy en la App del hospital y que los mire por la web, que está todo en mi teléfono. Con el teléfono tampoco me entiendo mucho, me avisa de un overbooking de datos en ICloud, que no tengo ni zorra idea de lo que es. 

Mi escasa fortuna, mis documentos, mis análisis, mi aspiradora Filomena, el Bizum, los taxis, las apps, el pasaporte Covid, las fotos familiares, lo que soy y lo que hago…   Todo, está en un pequeño teléfono que pierdo varias veces al día. En este trozo de plástico está mi vida entera. Cuando muera, que nos entierren juntos y apagados, por favor.


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