07/11/2021 / 11:58
Araceli Martínez Esteban /Doctoranda UAH en Estudios Interdisciplinares de Género y exdirectora del Instituto de la Mujer en CLM


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Nuestro León

León no vivía con nosotros, sino en el albergue municipal de La Camada. Él y su hermano Thor llegaron al refugio hace cinco años, justo cuando mi pareja y yo decidimos ser padrino y madrina de algún perro abandonado.


La muerte de León me ha animado a cambiar el cariz de los contenidos habituales de esta sección. Hoy hablamos de una circunstancia, la de la pérdida de los animales con los que convivimos que, aunque no todas las personas comprenden, causa desconsuelo y dolor profundo.

No pretendo comparar a los animales con los seres humanos, pues cada cual ocupa su lugar y el peor favor que podemos hacer a nuestras mascotas es humanizarlas, ignorando las necesidades relacionales de su especie. 

Sin duda, no hay nada equiparable al fallecimiento de las personas que nos son próximas, pero ello no soslaya el abatimiento que genera el óbito de nuestros queridos peludos. Los animales no existen en abstracto, sino que poseen una individualidad, una personalidad diferenciada y, algunos afortunados, su propio nombre.

León no vivía con nosotros, sino en el albergue municipal de La Camada. Él y su hermano Thor llegaron al refugio hace cinco años, justo cuando mi pareja y yo decidimos ser padrino y madrina de algún perro abandonado. La casualidad o el destino, quién sabe, hizo que nos encontráramos y desde entonces nuestro vínculo no ha hecho más que estrecharse.

Lo mismo que nos citamos con nuestras amistades para, pongamos por caso, tomar una caña y departir, las madrinas y padrinos quedamos con nuestros perretes para salir de paseo, acompañarlos a la clínica veterinaria o lo que se tercie. Algunos tienen la suerte de hallar familias maravillosas, mientras que a otros les cuesta gozar de ese privilegio.

Esa era la situación de Thor y León, que por su gran tamaño resultaban vistosos pero difíciles de adoptar. Pueden imaginar que tras tantos años juntos, tantas vicisitudes y alegrías compartidas, para nosotros son como miembros de la familia, dos de esos amigos sin los que cuesta concebir la vida.

Hace mucho, mucho tiempo, siendo una adolescente, leí un libro que me resituó frente a los animales. Se trata de Flush, de mi admiradísima escritora y referente feminista Virginia Woolf. Estos días no dejo de rememorar algunos de sus pasajes, como si lo hubiera leído hace tan solo unos meses. Supongo que las aventuras y manera de percibir el mundo del cocker spaniel protagonista de la novela me permiten recrearme en cómo se sentía León.

Las condiciones de vida en un albergue de animales abandonados no son fáciles, y con todo es lo mejor que les ha pasado a muchos de sus habitantes. Trabajadoras, equipo de voluntariado, madrinas, padrinos, responsables de la asociación… todo el mundo se afana en que los perros, gatos, así como otros animalillos que allí arriban, sean lo más felices posible.

Les aseguro que mi experiencia como madrina es de las mejores cosas que me han pasado, por eso animo a sumar esfuerzos por esos seres desamparados mediante la colaboración con las protectoras de animales o a través de la acogida y adopción.

Nuestro León se ha muerto con siete años. Siento una gran pena y tristeza, pero, paradójicamente, también estoy muy contenta de que esa pareja de imponentes mastines nos eligieran como amigos del alma. Thor se encuentra desconcertado y desolado, pero todas las personas que le queremos, que son muchas, haremos lo posible para que no viva el vacío y el miedo de hace un lustro, cuando les dejaron solos en una gasolinera. 

Te echaremos de menos, Leoncillo. Creemos que la mejor manera de recordarte es contribuir a la concienciación sobre el buen trato que los animales merecen y el respeto al planeta, la casa compartida con las otras formas de vida. ¡Deseamos que hayas disfrutado al cruzar el arcoíris, grandullón!

PD. Muchas gracias al Centro Veterinario Henares (Azuqueca), especialmente a Jorge, por su humanidad, empatía y profesionalidad.


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