01/10/2021 / 14:42
Jesús de Andrés


Imagenes

Otra política es posible

En un país como el nuestro, donde los extremismos están a la orden del día, Urquizu reivindica la empatía y el acuerdo, ponerse en el lugar del rival y alcanzar pactos con él. 


Ignacio Urquizu es alcalde en su pueblo, Alcañiz, en la provincia vecina de Teruel, y se enorgullece de ello. Antes de llegar a la alcaldía acumuló una amplia experiencia como académico y político. Fue profesor de Sociología -lo sigue siendo en excedencia- en la Universidad Complutense, y diputado en el Congreso. Un camino inverso al acostumbrado ya que lo normal en una carrera política es el recorrido que lleva de la política local a la nacional: primero se acumula experiencia en la gestión y luego se da el salto. El primer reto al que tuvo que hacer frente fue ganar unas elecciones con un programa bien elaborado y un equipo que lo respaldase. Y a partir de ahí, gestionar una ciudad bajo la mirada atenta de sus vecinos, algo que todo aquel que ha estado en política municipal sabe que no es nada sencillo.

Pese a lo absorbente de su tarea, no ha perdido la curiosidad por interpretar lo que ocurre a su alrededor, sumando a su experiencia el conocimiento científico acumulado, esa doble faceta weberiana de político y científico que él combina como si de un Jekyll y Mr. Hyde se tratara. Su ventaja, su gran ventaja es que no tiene nada que perder, al menos nada más -y nada menos- que el apoyo de su pueblo. Al no tener otras ambiciones puede hablar claro y hacer planteamientos que otros, más temerosos por la foto, no se atreverían ni a plantearse. Otra política es posible es el título de su último libro, que ya es toda una declaración de intenciones. En un país como el nuestro, donde los extremismos están a la orden del día, donde los populismos campan a sus anchas, en el que la crispación, las noticias falsas y la agresividad con el otro son el pan de cada día, donde las visiones del mundo se plantean como “guerras culturales”, Urquizu reivindica la empatía y el acuerdo, ponerse en el lugar del rival y alcanzar pactos con él. 

Es curioso observar cómo las encuestas reflejan que el diálogo es un valor apreciado, estimado, invocado por todos… siempre y cuando se quede ahí, como una idea positiva. Otra cosa es ponerlo en práctica. Nadie comprende que “los suyos” lleguen a acuerdos con “los otros”, es inconcebible que los grandes partidos negocien y encuentren soluciones en común a los problemas presentes y futuros. Otros países, como Alemania, nos llevan infinita ventaja. Aquí es imposible. La simple posibilidad del diálogo, con todas sus virtudes, y no hace falta ser un Sócrates para apreciarlas, levanta sospechas y, en caso de llevarse a cabo, rechazo. Ignacio Urquizu lo reivindica. En nuestra mano está seguir su consejo o continuar en las trincheras. Léanlo, queda mucho por sembrar.


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