Oxígeno

31/01/2026 - 12:55 Jesús de Andrés

Estos días, al hilo de los desastres acumulados en los servicios ferroviarios de alta velocidad y cercanías, hemos escuchado acusaciones cruzadas de politización. 

Que si no hay que politizar las desgracias, que si se politiza para sacar rédito político, que si se usa el argumento para no profundizar en las causas… Uno tras otro, no ha habido líder ni partido político que no haya hecho referencia al asunto. Es lugar común considerar que si algo se ve tocado por la política, malo. Que la política es una actividad negativa per se, y por tanto politizar algo es lo peor que puede hacerse, pues supone darle una pátina de enfrentamiento a ese algo, llevarlo al terreno de la bronca y la discusión sin matices.

No hay comienzo de curso en que alguno de mis alumnos no se declare apolítico, pensando que dicha categoría es posible y, más aún, que bajo esa fórmula se sitúa en un nivel ético más elevado. Y es todo lo contrario. No se puede ser apolítico. Como les digo a ellos, declararse en contra de la política es como estar en contra del oxígeno: te gustará más o menos, pero al final lo respiramos más o menos 12 veces por minuto. Es imprescindible. Como la política. Necesitamos normas, necesitamos reglas, necesitamos decidir cómo, dónde y cuándo gastar los recursos que tenemos. Eso es política. Tan imprescindible como el oxígeno.

El problema surge cuando se confunden los términos, cuando todo vale para desgastar al rival, cuando se exageran las reacciones y todo son aspavientos y lamentos pasados de frenada. En democracia son imprescindibles la crítica, el control y la rendición de cuentas. Eso sí, la crítica no puede ser salvaje, tiene que ser medida, el control no puede ser imprudente, debe ser conforme a normas, realizado en las instituciones adecuadas, y la rendición de cuentas no puede ser propagandística, debe ser informativa, voluntaria, completa y con publicidad. Esos mecanismos que se dan las democracias para funcionar son lo que nos diferencia de los regímenes autoritarios, que cada vez son más, que nos rodean y confrontan, que pretenden que caigamos de su lado. Si no hay crítica, hay silencio o alabanza interesada; si no hay control, hay lo contrario, descontrol; y si nuestros gobernantes no explican lo que hacen ni las consecuencias de sus actos, hay manipulación. Si se quiere decir que no hay que opinar cuando se dice que no hay que politizar, que hay que mirar para otro lado, pues no. No todo vale. Necesitamos, hoy más que nunca, buen gobierno y buena oposición. Tanto como el oxígeno que respiramos.