¡Quieto todo el mundo!
El golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, el 23-F, es posiblemente el acontecimiento histórico desde la Transición sobre el que más se ha escrito.
Durante décadas no faltó aniversario en el que no se publicaran varios libros sobre aquellos hechos, conformándose con el tiempo una particular literatura tan extensa como de desigual interés: en su mayor parte, narraciones periodísticas que en ocasiones gozaron de seriedad en la investigación y el análisis mientras que en otras, por el contrario, pecaron de sensacionalismo, recurrieron insistentemente a la utilización de absurdas teorías conspirativas y primaron en ellas -más que el rigor- el oportunismo, la búsqueda de complacencia y la justificación para determinados comportamientos o acciones.
Este año, pese a lo redondo de la fecha, 45 años ya, no hubo ningún interés editorial previo en la conmemoración. Se estrenó, eso sí, pero coincidiendo con el 50º aniversario del fallecimiento de Franco, el 20 de noviembre del pasado año, la serie de televisión Anatomía de un instante, basada en el libro de Javier Cercas, pero no se ha publicado ningún libro nuevo sobre el golpe (apenas una autoedición sin interés). Más de un editor estará tirándose de los pelos porque, lo que son las cosas, este año, de repente, el golpe ha tenido más interés que nunca, ha sido portada y ha abierto telediarios. Los motivos ya los conocen: la desclasificación de “los papeles secretos” del golpe, de los documentos oficiales que estaban en manos del Gobierno y no eran públicos, y por añadidura el fallecimiento de su gran protagonista, Antonio Tejero, quien -no había otra fecha- ha sido torpe hasta el último de sus días.
Uno, y perdonen que me autocite, ha leído bastante sobre aquello y algo ha escrito al respecto: sobre golpes de Estado en procesos de transición en general y sobre el 23-F en particular. Sinceramente: poco -por no decir nada- nuevo aportan estos documentos. La mayor parte de lo publicado en los medios de comunicación, pues no he tenido tiempo de entrar en detalle en los documentos, repite cosas que ya se sabían, conversaciones que se habían publicado, estrategias sobradamente conocidas, en fin, caminos trillados. ¿Falta información? Sin duda. Desaparecieron, no sabemos si por siempre, las grabaciones de las conversaciones telefónicas de Zarzuela y del Congreso. Falta también el testimonio del rey Juan Carlos, cuyas decepcionantes memorias dan a entender que poco hay que esperar por ese lado. Cuando nadie lo esperaba, no se ha hablado de otra cosa. Una semana, y lo que queda, dando vueltas al 23-F. Qué buen señuelo. Quieto todo el mundo.