14/06/2019 / 19:05
Marta Velasco


Imagenes

Política ficción

Si yo fuera persona pública, querría acabar mi carrera de una manera grandiosa ¿Quién no ha pensado alguna vez en desaparecer para siempre como el doctor Livingstone o el presidente Rajoy?


Esta temporada, por culpa de la política, tengo algunas pesadillas en las que me veo elegida diputada, sentada en el hemiciclo al lado de Rufián, y me despierto temblorosa. Es cosa de familia:  uno de mis parientes, en edad provecta, estuvo unos meses taciturno porque había soñado que le habían contratado para torear en San Isidro y, aunque le gustaban los toros como espectador, le podía la responsabilidad.

  El sueño había sido tan real que estuvo angustiado hasta que terminó la temporada taurina.

A veces el mundo parece de cine, soy peliculera, y cuando pusieron Los paraguas de Cherburgo, cantaba la banda sonora de memoria y en francés, nivel medio … “Je ne pourrai pas jamais vivre sans toi”. Entonces mi vida era gloria pura y la recuerdo en tonos pastel, como una película de Doris Day. 

En el cine las historias acaban con emoción, con garra, como en Billy Elliot, que siempre te arranca una lágrima final, pero en la vida real los asuntos nunca terminan a gusto del consumidor y, en el caso de algunos políticos, menos todavía, pasan la legislatura mintiendo como bellacos y el final suele ser demoledor y muy embarullado. 

Si yo fuera persona pública, querría acabar mi carrera de una manera grandiosa ¿Quién no ha pensado alguna vez en desaparecer para siempre como el doctor Livingstone o el presidente Rajoy? ¿O abandonar el hemiciclo para salvar vidas o para entregar el corazón en un trasplante por amor? Tener en definitiva un final de cine. Conmovedor como en Cinema Paradiso o terrible y fatal como en el Padrino III, cuando ametrallan a los novios por la escalinata de la iglesia, mientras suena el maravilloso intermezzo de Cavallería Rusticana, y Michael Corleone, aullando de dolor, abraza a su hija ensangrentada.  

Después de Matar a un ruiseñor todos los abogados querrían ser Atticus Finch.  Todos los políticos desearían haber recitado el manifiesto ciudadano de Charles Laughton en Esta tierra es mía.  O el discurso de Charles Chaplin en El Gran Dictador. Todos los periodistas envidian las palabras de Edward R. Murrow contra el Macartismo y, hoy, todos los españoles queremos ser Nadal. Y añado: todos los testigos de los procesos, o prusés, deberían ser como fue el Profesor Valery Legásov en Chernóbyl, verdaderos y valientes. 

Momentáneamente el cine mejora a los humanos, nos preocupamos del mar y de los bosques, pero hacemos poco por los demás, y se han perdido valores como educación, sinceridad, honor y respeto. Para la mala conciencia, en estos tiempos de pactos y traiciones, les aconsejo que se confiesen. Es un trámite sencillo, discreto y gratificante, rodado en la Italia del neorrealismo:

- ¿Y cuántas veces?

- Muchas, padre

- ¿Y te arrepientes?

- Ssssi, Padre

- Pues reza tres padres nuestros y vete en paz, hijo mío.

Así da gusto. En el cine de Coppola entrarían unos malotes por la sacristía y barrerían con las ametralladoras al confesor, al confesante y a alguna feligresa.  Buenas noches y buena suerte.


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