21/01/2023 / 15:39
Redacción


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Politizar la moral

 Pero el gran problema de las sociedades contemporáneas, como explican Joshua Green en Moral Tribes y Pablo Malo en Los peligros de la moralidad, es que conviven grupos con morales diferentes.


Es una tendencia desde hace ya tiempo, pero se ha acentuado en los últimos lustros: lo emocional se impone a lo racional. En la sociedad actual imperan la identidad, la moral y lo cultural, valores todos ellos generados desde el grupo, asentados en el sentido de pertenencia a la tribu. Frente a la racionalidad individual, identidades cerradas y colores de equipo. Para comprender el comportamiento político, y por tanto las propuestas y acciones de los propios políticos, hay que recurrir cada vez más a la psicología social y menos a la economía. Los votantes no actúan como ciudadanos reflexivos sino como hooligans, siendo la polarización afectiva la más preocupante, tal y como señala Mariano Torcal en su último libro, De votantes a hooligans. Odios, pasiones y fobias. Ese es el escenario actual. La opinión de los demás, cuando no coincide con la nuestra, no merece ni curiosidad ni respeto, tan sólo enfado y malestar. Tener razón a toda costa, ese es el único argumento.

Los dilemas morales no surgen del individuo sino del grupo. La moral es resultado de un proceso evolutivo: de la necesidad de sujetar al individuo (el sujeto) por medio de normas para garantizar el funcionamiento del grupo. Pero el gran problema de las sociedades contemporáneas, como explican Joshua Green en Moral Tribes y Pablo Malo en Los peligros de la moralidad, es que conviven grupos con morales diferentes. Uno de los grandes dilemas morales de nuestros días es el del aborto, que divide la moral en dos grupos: quienes lo consideran un derecho de la mujer y quienes lo consideran un crimen. Dos morales enfrentadas: la vida no se puede interrumpir, por un lado, frente a la mujer no tiene por qué verse limitada ni expuesta a riesgos, sean económicos, sanitarios o de cualquier otro tipo. Es un dilema sin solución: un asesinato, para unos, frente a la imposición del embarazo, para otros.

Vox, al igual que la extrema derecha en todo el mundo, sabe bien qué temas son los que dividen y obligan al posicionamiento. Politizar los dilemas morales (como han hecho también con la tauromaquia) supone convertirlos en identidad, llevarlos de la dialéctica tú-yo a la de ellos-nosotros. Vox sabe que esa politización juega a su favor porque ellos no tienen la vocación moderada -y por tanto susceptible de entender las razones del otro- que puedan tener otros partidos más centrados. El gran roto se lo hacen al PP, que intenta no caer en la trampa sin conseguirlo, pues no faltan moralistas antiabortistas en sus filas. El problema de esta estrategia es que se tensan las relaciones y se profundiza en la radicalización. Lo saben de sobra, pero poco les importa.


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