28/11/2021 / 13:09
Marta Velasco


Imagenes

Primos

Juan Jesús ha muerto después de vivir su vida con alegría, fue un hombre bueno y simpático, amante del mar y de El Bosque; sufrió y disfrutó mucho, acertó y se equivocó.


 El mes de noviembre transcurre tranquilo, lleno de ocres y rojos, con ese sol del membrillo que pone el mundo color de miel. Todo va bien en un Madrid lleno de gente y terrazas, pero, para mí, se ha estropeado el otoño porque hoy he despedido a un primo muy querido, con el que compartí muchos veranos inolvidables en El Bosque seguntino de nuestra abuela Eloísa, donde la única obligación que teníamos los niños era descubrir la tierra con todas sus maravillas y ser felices cada día en una santísima libertad.

Él llegaba desde Cádiz con sus padres y sus hermanos pequeños. Mi hermana y yo le esperábamos impacientes porque, aunque tenía unos meses menos que yo, estaba más viajado. Él conocía el mar en su profundidad, tenía gafas para bucear y hablaba con palabras marítimas, desconocidas para las niñas de tierra adentro. Decía que, con su caña de pescar (palo, hilo, alfiler y una mosca cazada al vuelo), había pescado un atún del tamaño de un tiburón. Con mi hermana como ideóloga, la habilidad de mi primo Juan Jesús para meterse en líos y yo como cooperante necesaria, el verano se convertía en una autentico y emocionante safari. Compartimos bicicleta alquilada y aprendimos a montar al mismo tiempo. Compartimos incursiones prohibidas en el gallinero, causando un estrés en las gallinas incompatible con la puesta de huevos diaria. Compartimos un perro con tres nombres que no obedecía a nadie, organizamos carreras de caballos con la burra Caledonia y corridas de toros con la vaca Granada, que embestía de verdad.  Exploramos el nido de la araña, perseguimos al alacrán y los tres nos divertimos corriendo grandes peligros, cazando sapos con nocturnidad, escapando por la compuerta del río Vadillo o huyendo, sigilosos y muertos de risa, a la sagrada hora de la siesta por los largos pasillos de aquella casa medio encantada.

Juan Jesús ha muerto después de vivir su vida con alegría, fue un hombre bueno y simpático, amante del mar y de El Bosque; sufrió y disfrutó mucho, acertó y se equivocó, nunca envejeció y se fue con gana de más. Fue un hermano para nosotras, sus primas mayores, y cuando nos encontrábamos volvíamos a ser los niños que fuimos, con esa risa de entonces, por algo o por nada, que no era más que un poco de la felicidad sin límites que atesoramos en El Bosque.

Los primos son un regalo familiar extraordinario y con algunos se forja una amistad que dura para siempre. Pero hoy solo quiero despedir a Juan Jesús, que ha finalizado el viaje que comenzamos de niños y ahora, sabe Dios dónde estará, entre las estrellas, explorando el universo, como cuando buscábamos el musgaño y la garduña en los lejanos tiempos de El Bosque seguntino. Ojalá haya traspasado el tiempo y el espacio hasta llegar al mar de Cádiz o esté tranquilo, a salvo, con la abuela Eloísa y toda la familia, en ese glorioso anticipo del cielo que fueron los largos veranos de nuestra niñez.


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