12/11/2022 / 19:05
Jesús de Andrés


Imagenes

Protestar en los museos

Es una nueva forma de protesta, un repertorio original en el que se conjuga el escándalo que supone atacar a algo que cualquiera defendería como patrimonio común de toda la humanidad y la extensión publicitaria de la acción hasta el último rincón del planeta.


Salsa de tomate lanzada contra los girasoles de Van Gogh, puré de patatas contra Les Meules de Claude Monet, una tarta contra la Gioconda de Leonardo, pegamento y pintura contra las majas de Goya. Da igual el museo, poco importa que haya sido la National Gallery, el Barberini, el Louvre o el Prado, en todos ellos se atacaron obras de arte que son referentes de la cultura universal, en todos ellos ha coincidido la protesta de colectivos en defensa del medioambiente en su lucha contra el cambio climático. Manifiestos, pintadas, vídeos que se hacen virales y extensión por la red. Es una nueva forma de protesta, un repertorio original en el que se conjuga el escándalo que supone atacar a algo que cualquiera defendería como patrimonio común de toda la humanidad y la extensión publicitaria de la acción hasta el último rincón del planeta, da igual que sea de manera crítica, indignada o entusiasta. Lo importante es llamar la atención, para bien o para mal, que se sepa que algo pasa, que hay gente joven que hace cosas como esas. 

Las ciencias sociales tienen más que estudiados los repertorios de la protesta, las diferentes formas en que el ser humano ha contestado al poder a lo largo de la historia. Los movimientos sociales tienen entre sus objetivos el rebelarse ante algo, en manifestar su oposición, movilizando en uno u otro sentido. Hace tiempo que dejó de pensarse en que las estructuras sociales determinan estos fenómenos, siendo otras las dinámicas existentes, mucho más complejas: tipos de movilización, oportunidades políticas para la acción e influencia de las identidades grupales de todo tipo. Por lo general, quienes atacan a cuadros que son símbolos culturales reciben el desprecio de todos, pero consiguen su objetivo: visibilizar su protesta.

A quienes vemos estos fenómenos desde fuera nos llama la atención la facilidad con que se llevan a cabo o la pasividad de los vigilantes, y nos indigna hasta el punto de producir un íntimo rechazo. No sé a ustedes, pero a mí me sorprende la celeridad con que reprenden a quien pretende hacer una foto con el móvil y el aparente pasotismo con el que han encarado estos ataques. Al final, como ya ocurriera con los aeropuertos -a pesar de ser fenómenos distintos-, se conseguirá que acceder a un museo sea una carrera de obstáculos, pasando escáneres, teniendo que descalzarnos para acceder, no portando líquidos ni aparatos electrónicos... Si viajar en avión tras los atentados de Nueva York se convirtió en un horror, es posible que visitar un museo lo sea en breve. Flaco favor nos hace esta protesta por mucho que, según sus promotores, pretenda luchar por el sostenimiento del planeta y el bien de todos sus habitantes.


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