¡Qué tropa!


Parece que se acercan elecciones, para alegría de algunos, preocupación de otros, y hastío de muchos. A mí, personalmente, siempre me han gustado estas convocatorias, porque son una ocasión que nos permite reflexionar acerca del país que queremos y poner nuestro granito de arena en ese sentido.

 Pero no voy a hablarles de política, faltaría más, sino de Historia. Y es que cada vez que me mencionan la cercanía de unos comicios no puedo evitar acordarme de uno de los políticos más importantes que ha dado nuestra provincia: el conde de Romanones.

 Don Álvaro de Figueroa y Torres, a pesar de haber nacido en Madrid, es uno de los grandes personajes de nuestra tierra, y uno de los mayores exponentes del caciquismo en España a finales del siglo XIX y principios del XX. Romanones, gran terrateniente en La Alcarria, supo adaptarse con maestría a la falsa democracia española de su época. Una democracia que funcionaba bastante mal, pues en provincias como la nuestra los votos de los pobres campesinos podían ser comprados de manera muy barata y prácticamente legal. Casi todos los grandes políticos lo hacían, y eso provocaba que siempre fueran elegidos los mismos. De hecho, el sistema era tan corrupto, que los ganadores de las elecciones se decidían mediante pacto entre los principales partidos, y luego se realizaban las pertinentes acciones para cuadrar los resultados, con pucherazos, falseamiento de censos o compra de votos. Un sistema aparentemente democrático, pero que en la práctica estaba controlado por los grandes terratenientes en las provincias más ruralizadas.

 Y en ese juego de comprar votos nuestro Romanones era el mejor. Desde las filas del Partido Liberal, don Álvaro llegó a ser presidente del Congreso de los Diputados, presidente del Consejo de Ministros o presidente del Senado. Su habilidad política le permitió conseguir asiento como diputado durante la regencia de María Cristina y el reinado de Alfonso XIII, así como durante la II República ¿su secreto? El poder que le daba controlar impunemente a miles de campesinos de Guadalajara que, religiosamente, le otorgaban su voto, porque era la única forma de mantener sus míseros jornales. Y donde el caciquismo no llegaba, sí que lo hacían sus contactos en el mundo empresarial y, por supuesto, su imperio de medios de comunicación, que nos hablaban de las bondades de su dueño.

Conde de Romanones.

 ¿Y qué tiene que ver la convocatoria de elecciones el 29 de noviembre con nuestro personaje? En este caso la asociación de ideas me ha llegado por las afirmaciones de algunos políticos de la oposición poniendo en duda la limpieza de los próximos comicios, sobre todo en el voto por correo. Es al escuchar esas declaraciones es cuando me he acordado de nuestro particular cacique. Porque manipulando elecciones, Romanones era el mejor. No se le escapaba ni una. Nunca. O mejor dicho, casi nunca.

 Y es que, precisamente, una de las anécdotas más conocidas de nuestro conde viene por una votación que intentó manipular, y le salió bastante mal. Veamos la historia: en una ocasión a don Álvaro se le antojó entrar en la Real Academia Española como miembro de número. Esto es, de pleno derecho. El procedimiento para ser admitido era sencillo, pero a la vez exigente: cada vez que quedaba un asiento libre entre los académicos, los interesados en cubrir la vacante debían presentarse y ganar una votación en la que participaban el resto de los miembros de la RAE. Para Romanones el tema era más de prestigio que otra cosa. Él ya era un político de éxito y un hombre extremadamente rico, pero le faltaba algo que estuviera a la altura de su ego. Quería un cargo honorífico fuera de la política, y en ese sentido entrar en la RAE como académico era perfecto para restregárselo a sus rivales.

 El problema venía porque Romanones era un escritor mediocre, y él mismo sabía que nunca sería elegido por el resto de miembros de la RAE si no daba un pequeño empujoncito a la votación. Es entonces cuando comenzó a hacer lo que se le daba mejor: comprar voluntades. Comenzó a llamar y a visitar a los demás académicos, muchos de los cuales eran amigos o le debían favores, y les convenció, uno a uno, para que le eligieran. La respuesta de todos ellos fue contundente “por supuesto señor conde, cuenta usted con mi voto incondicional”.  Tras haber hecho la última visita, Romanones debió resoplar satisfecho. Su victoria sería aplastante.

Monumento al conde de Romanones en Guadalajara.

 Sin embargo, y según se contaba en las tertulias de la época, cuando se realizó el escrutinio de la votación saltó la sorpresa. Romanones no había recibido ni un voto (o quizá dos o tres según algunas versiones). Los académicos, amparados en que el voto era secreto, habían faltado a su palabra con el político, y habían votado a otros candidatos por convicción.

 Dicen las malas lenguas que el conde esperaba confiado los resultados de la votación, cuando un secretario suyo se acercó tembloroso y le dijo “Excelencia, malas noticias. No hemos salido elegidos”. Romanones levantó la ceja y preguntó “¿Cómo es posible? ¿Cuántos votos hemos tenido?”. El secretario, temiendo la ira del magnate respondió: “ninguno Excelencia”.

Podríamos imaginar la reacción de Romanones ante esta noticia. Un hombre poderoso, que no estaba acostumbrado a perder, podría haber lanzado la mesa de su despacho por los aires y haber despedido fulminantemente al asustado secretario. Pero Romanones, contra todo pronóstico, mantuvo la calma y lanzó una de las frases más famosas de la política española: “¡Qué tropa, joder, qué tropa!”. Ninguna cita de Winston Churchill podría competir con tan castiza expresión.

Desde entonces, la frase ha quedado inmortalizada para describir la deslealtad, la chapuza, la informalidad o la desorganización en los partidos políticos. Una expresión que, a pesar de estar cerca de cumplir casi cien años, sigue más que vigente. Cada vez que algún político actual dice algo que insulta a la inteligencia de los votantes, no puedo evitar recordar a Romanones y, en un pequeño homenaje a nuestro cacique particular, mascullar entre dientes aquello de “joder, qué tropa”. Seguro que a más de un lector le sucede algo parecido. Y es que pasan los siglos, pero algunas cosas nunca cambian.