Sigüenza: una carnicería nuevo y un obispo que huyó corriendo


La historia de la ciudad de Sigüenza no puede entenderse sin sus obispos. Ahí tenemos los ejemplos de los primeros prelados seguntinos del siglo VI, en época visigoda, o del bueno de Bernardo de Agen, que tuvo que ganarse su nueva diócesis expulsando a palos a los sarracenos del castillo.

Sigüenza, con su catedral que parece un castillo, y con su castillo que defendía al obispo, se ha desarrollado desde hace siglos como una orgullosa ciudad episcopal.

Pero lo cierto es que las relaciones entre los vecinos y los obispos no siempre fueron buenas. De hecho, durante gran parte de la Edad Media hubo mucha tensión. El motivo: que los seguntinos querían estar bajo la jurisdicción real, mientras que los prelados pretendían controlar el municipio como un señorío. Todo empezó con la conquista de Sigüenza frente a los almorávides, en el siglo XII. En ese momento, el rey de Castilla, Alfonso VII, entregó a Bernardo de Agen la jurisdicción sobre la parte baja de la ciudad, donde hoy está la catedral, mientras que el monarca se reservó el control de la parte alta, donde se ubica el castillo. Ambos núcleos estaban originalmente separados, como dos barrios independientes, pero con el tiempo acabaron uniéndose. Esta dualidad creó una duda existencial: ¿de quién era Sigüenza, del rey o del obispo? Los seguntinos preferían depender de la Corona, porque eso daba muchos más derechos y libertades, pero el obispo comenzó a presionar para mandar… y ahí empezaron las tensiones entre los del concejo, que eran laicos, y el cabildo de clérigos. Una auténtica disputa, que acabaría ganando el obispo después de varios siglos, pero no sin gran esfuerzo y mucha pelea.

Un ejemplo de estas tensiones lo podemos ver en 1251. Ese año el obispo estuvo a punto de perder la vida a manos de una turba enfurecida de vecinos. ¿El motivo? Quiso imponer un nuevo sistema de pesas y medidas, y lo que es peor: montó una nueva carnicería en la ciudad, que competiría con la del concejo. Uno podría pensar que aquello no era para tanto, y que tener una segunda carnicería en el municipio era bueno para los clientes. Pero había un problema de fondo: la carnicería del concejo era pública, y todos los beneficios iban a las arcas del ayuntamiento. Cuanto más se ganara con la carnicería, menos impuestos tenían que pagar los vecinos para cubrir el déficit económico del concejo. Por eso todo el mundo estaba contento con el hecho de que solo hubiera un establecimiento que vendiera carne en toda Sigüenza: les ahorraba mucho dinero a todos reduciendo lo que sería el equivalente al IBI actual, pero en versión medieval.

Así que la iniciativa del obispo fue vista como una provocación por parte de los vecinos. El prelado no solamente había tenido la osadía de crear su propio sistema de pesas y medidas (como si de repente, el gobierno nos dijera que, por decreto, ya no se puede medir en metros o en litros, sino en varas castellanas y en celemines), sino que, además, les hacía la competencia con su propio establecimiento. Cuando se supo la noticia, grupos furiosos de seguntinos se lanzaron en búsqueda del obispo, que se refugió en la catedral invocando a lo más sagrado para salvar la vida.

Parece que en aquel momento la sangre no llegó al río, pero sucesos como este se repitieron durante toda la Edad Media. En el siglo XIV, Alfonso XI vio que la situación se le iba de las manos en el municipio, y tuvo que intervenir para proteger a sus vasallos de los intentos del obispo de dominar Sigüenza. Por lo visto, una vez más los vecinos se levantaron en armas contra los prelados, y el rey se vio obligado a parar los pies al clero, diciendo que la ciudad era también de la Corona, y que se abstuvieran de molestar a sus súbditos. Pero sin duda la vez que las cosas se pusieron peor fue en 1427, cuando la tensión entre cabildo y vecinos llegó a un punto insostenible, y de nuevo los seguntinos salieron a la calle para, literalmente, cazar canónigos. Las crónicas, como la de Blázquez Garbajosa, no pueden ser más elocuentes: “Se alborotaron todos (...) e repicando las campanas vinieron a la dicha iglesia mayor contra ellos diciendo: mueran los villanos, fideputas, cornudos de clérigos, y trayan fuego e quemémoslos e otras muchas feas e injuriosas palabras”. No se preocupe el lector, pues ningún sacerdote fue herido de gravedad en el curso de estos acontecimientos. En el fondo los de Sigüenza solo defendían lo suyo y, como gente noble que son, se limitaron a asustar un poco.

Como podemos comprobar, lo de ser obispo de Sigüenza no siempre ha sido un trabajo sencillo. Con el tiempo estas situaciones fueron a menos, y la debilidad de los reyes del siglo XV acabó permitiendo a los prelados tomar el control total de la ciudad. A finales de esa centuria vemos, por ejemplo, al gran Cardenal Mendoza como amo y señor indiscutible del municipio, al que recompensó con ampliaciones urbanas y mejoras en la catedral, que le dieron gran parte del esplendor que hoy tiene. Desde ese momento, quedó claro quién mandaba, y las relaciones fueron mucho más fluidas. Atrás quedaron, afortunadamente, los tiempos en los que los clérigos eran perseguidos por turbas enfurecidas.