Réquiem por la Señorita
Me lo advirtió en la tarde del martes mi amigo Pablo Alcocer tras consultar el ‘Google Maps’: “la Sierra de Aragoncillo ha desaparecido”. No daba crédito al mapa espacial con la mancha creciente del pavoroso “incendio de Selas”, como pasará a la macabra historia de los fuegos que asolan España.
La moderna tecnología fue actualizando la superficie calcinada, paralela al rápido crecimiento de las llamas, calculando extensiones devastadas y asustando a los poco poblados pueblos que fueron desalojados y movilizando a sus heroicos agricultores.
La emblemática Señorita, el Cerro más alto de la zona (1.518 metros) que veíamos desde la escuela o cualquier punto de Labros y una veintena de pueblos, se ha quedado desnuda, mutilada. Ha tornado su verde de vida con uno de los robledales (marojos) más singulares por el negro de los tizones y el gris de las cenizas. Por el color del vacío y de la tragedia.
Del balance de árboles quemados y la pérdida de su rica fauna quizá nunca se ocupe nadie. Hasta puede que el carboncillo vegetal sea arrastrado por las lluvias torrenciales y se convierta en una segunda desgracia pasando a contaminar acequias, fuentes, regatos y el rio Mesa que discurre a sus pies hacia el Jalón.
Subir a su cumbre por las pistas de Concha o Establés -que también ha visto devorada su querida ermita de San Juan,- o desde el mismo Aragoncillo, era una gozada. Desde la cima, paradojas de la vida, una estación vigilaba desde tiempos posibles conatos de incendio y la soledad de la zona.
Podía contemplarse el espectacular Parque Natural del Alto Tajo, una enciclopedia de parajes, montañas y pueblos, kilómetros y kilómetros de Guadalajara, Soria, Zaragoza y Teruel. Hasta se vislumbraba por la noche el resplandor y contaminación lumínica de Guadalajara-Madrid. Le ha llegado el eclipse adelantado.