Romanones: Historia de un cacique y su estatua


El conjunto escultórico en honor a Romanones lo donó el magisterio español a la ciudad de Guadalajara en agradecimiento a lo mucho que este hizo por dicho colectivo cuando fue ministro de Instrucción Pública.

Don Álvaro de Figueroa y Torres, el Conde de Romanones, fue uno de los personajes más importantes de la política española desde la época de las primeras  Cortes de la Regencia de María Cristina, por la minoridad de su hijo, Alfonso XII, hasta la Segunda República. Durante más de medio siglo largo de la historia de España, entre las dos últimas décadas del siglo XIX y la cuarta del XX, Romanones fue uno de los principales protagonistas de la vida pública nacional. Dirigente y referente del Partido Liberal, ocupó cargos de mucha relevancia, como la Alcaldía de Madrid, la Presidencia del Congreso y el Senado y, sobre todo, fue presidente del Consejo-como entonces se denominaba al jefe del Gobierno- en tres ocasiones: de noviembre del 12 a octubre del 13, de diciembre del 15 a abril del 17 y de diciembre del 18 a abril del 19. También fue ministro de distintas carteras en  ocho gabinetes, entre 1901 y 1931, los cuatro primeros con el jefe de su partido, Práxedes Mateo Sagasta, al frente del gobierno-Instrucción Pública, Agricultura, Industria y Comercio, Gracia y Justicia y  Gobernación-; de Instrucción y Justicia con Antonio Maura; primero de Estado y después de Gracia y Justicia con García Prieto y , finalmente, de Estado con el Almirante Aznar al frente del gobierno, tras la “Dictablanda” de Berenguer. Cuando ya se tambaleaba el reinado de Alfonso XIII, de quien Don Álvaro fue leal servidor y firme defensor, incluso después de su exilio en Roma tras proclamarse la Segunda República.

El Conde de Romanones, aunque nació en Madrid en 1863, siempre estuvo estrechamente vinculado a la provincia de Guadalajara, en la que su madre, Casilda Alonso-Martínez-hija de Manuel Alonso-Martínez, jurista, ministro y presidente del Congreso, con calle y estación de metro a su nombre en Madrid-, marquesa de Villamejor, tenía importantes propiedades. Don Álvaro fue diputado a Cortes por Guadalajara, de manera ininterrumpida, desde 1886 hasta 1923, cuando se inició la Dictadura de Primo de Rivera con quien nunca congenió, ni personal ni políticamente. Cuando hubo de nuevo elecciones (locales) en abril de 1931, que él mismo propició, y en ellas se proclamó la Segunda República, Don Álvaro volvió a ser elegido diputado por Guadalajara, manteniendo esa representación en los sucesivos procesos electorales que hubo hasta el inicio de la Guerra Civil en julio de 1936.

Estatua del Conde de Romanones en la plaza de Santo Domingo, en Guadalajara.

La forma de hacer política de Romanones fue la propia de su tiempo, no solo en España, sino en la mayoría de los países del sur de Europa e, incluso, en algún país y ciudad americanos: el caciquismo. A pesar de que en cada circunscripción electoral había uno o dos caciques que la dominaban-hay que recordar que eran tiempos de alternancia en el poder  entre liberales y conservadores-, don Álvaro ha pasado a la historia como arquetipo y ejemplo proverbial de cacique por el tiempo y la forma en que ejerció su poder en casi toda la provincia de Guadalajara. Y he dicho casi toda y no toda porque la zona de Molina se le resistió mucho pues tenía su propio cacique: Calixto Rodríguez, presidente de la entonces poderosa e influyente Unión Resinera Española (URE) en el antiguo Ducado de Medinaceli y territorio adyacente. 

Romanones terminó haciéndose también con Molina tras hacerse primero con la URE. El caciquismo se caracterizaba, fundamentalmente, por practicar el clientelismo en reciprocidad desigual-concesión de favores y pequeños beneficios a cambio de lealtad política y votos-, asimetría de poder-el líder tiene mucho y los ciudadanos y campesinos, no-,  fraude y manipulación electoral-además de comprarse literalmente votos, eran frecuentes los “pucherazos”-, mediación del Estado-el cacique actúa como un intermediario dominante (y no pocas veces corrupto) entre el poder central y la población local- y jerarquía piramidal-el gran cacique se apoya en sus delegados y hombres zonales que bien podríamos llamar “caciquillos”-. A pesar de los indudables vicios del caciquismo como forma torticera, pero muy eficaz, de hacer política-y que, evolucionada, aún persiste en cierto, pero indudable modo-, Romanones fue enemigo del conservadurismo y, pese a ser un monárquico recalcitrante, hasta tendió puentes a las corrientes republicanas. Esto lo prueba el hecho de que fuera él, siendo por primera vez presidente del Consejo, quien propiciaría la primera recepción y reunión de Alfonso XIII con destacados republicanos como Azcárate, Ramon y Cajal o Cossío. 

Don Álvaro ocupó en su tiempo una posición política de relativa centralidad, de hecho, se situó inicialmente en el ala más radical del liberalismo, si bien con el paso del tiempo y los acontecimientos históricos, fue moderando esa tendencia. Quizás uno de los momentos cumbre de su vida política y que definen su verdadera talla de Estado fue cuando, tras conocerse los resultados de las elecciones locales del 12 de abril de 1931, en las que habían ganado los republicanos hasta en la Guadalajara que él siempre controlaba, aconsejó al rey Alfonso XIII que no movilizara el ejército en su favor y así evitar derramamiento de sangre y una probable guerra civil-que, lamentablemente, terminó llegando cinco años después- y que aceptara el exilio, tras negociar su protección para salir de España. Cuando las primeras Cortes Republicanas, unos meses después, juzgaron y condenaron al rey por “alta traición”, el único diputado que salió en su defensa fue Romanones. Representando a Guadalajara, recordemos.

Del Conde podríamos escribir no solo un artículo, sino cientos, porque su vida y acción políticas fueron tan extensas como intensas, conforme sintetizó muy bien el catedrático de Historia de la UCM, Javier Moreno Luzón, en la conferencia que impartió en el centro San José, a primeros de octubre pasado, organizada por la Academia de Ciencias Sociales y Humanidades de CLM. Aunque regresaremos a Romanones en futuros guardilones, hoy vamos a centrarnos en la recta final de este en los avatares de su estatua que preside un recoleto y ameno rincón de la plaza de Santo Domingo, en la capital de la provincia. Está allí desde 1949, cuando en pleno franquismo y apenas un año antes de fallecer don Álvaro, fue reinstalada tras permanecer en unos almacenes municipales desde mayo de 1931, cuando tras proclamarse la República fue retirada por el ayuntamiento de la capital, siendo alcalde el socialista Marcelino Martín -profesor del instituto, fusilado tras juicio sumario al acabar la Guerra Civil-, de su primitivo emplazamiento junto al palacio del Infantado. La estatua se inauguró en tan privilegiado lugar, entonces precisamente denominado “Plaza del Conde”, el 16 de octubre de 1913, cuando Romanones era presidente del Consejo-cesó como tal 11 días después- y fue erigida por suscripción popular entre el magisterio español, como consta en el zócalo del conjunto escultórico. Es obra del escultor modernista catalán Miguel Blay i Fábrega, aunque el proyecto se le encargó inicialmente al más academicista Agustín Querol, quien ni siquiera pudo bocetarla pues murió unas semanas después de aceptar el trabajo. Las iniciales del autor final de la obra “MBF” están grabadas en un lateral del zócalo sobre el que se asienta el busto de medio cuerpo de Romanones. 

Mi documentado amigo, gran artista plástico y reputado crítico que durante un tiempo fue el responsable de las páginas de cultura y arte en Nueva Alcarria, Francisco Vicent Galdón, me ha informado que las dos figuras desnudas del conjunto escultórico que están debajo del busto de medio cuerpo del Conde y que, de alguna manera, se dirigen a él de forma suplicante, estaban inicialmente diseñadas por Blay para ser instaladas en el Hospital de la Caritat de Barcelona. Estas figuras se hicieron inicialmente en escayola y Blay las reutilizó después para la estatua de Romanones, fundiéndolas en bronce como el propio busto, de ahí que, sobre todo, la de abajo ofrezca una imagen casi mendicante. La escultura tiene un indudable aire modernista que se advierte de manera evidente en la sábana que envuelve la desnudez de las dos figuras de las que hemos hablado; su vuelo y movimiento son típicos de este movimiento arquitectónico, artístico y literario. 

El conjunto escultórico en honor a Romanones lo donó el magisterio español a la ciudad de Guadalajara en agradecimiento a lo mucho que este hizo por dicho colectivo profesional cuando fue ministro de Instrucción Pública, en dos ocasiones. Don Álvaro, simpatizante de la Institución Libre de Enseñanza por su amistad con Giner de los Ríos -con quien coincidió en la Universidad de Bolonia-, aplicó algunos de sus principios pedagógicos a la escuela pública española, reformando la enseñanza primaria y aumentando la edad escolar obligatoria, impulsando la investigación científica y la renovación pedagógica, limitando los privilegios eclesiásticos en la educación y, especialmente, convirtiendo a todos los maestros en funcionarios del Estado y no dependientes, como hasta entonces, de los ayuntamientos, muchos de ellos con más telarañas que cuartos en sus cajas de caudales. 

Gracias a Romanones, el sueldo de los maestros figura en las partidas de gastos de los presupuestos generales del Estado. Fue en 1909, cuatro años antes de inaugurarse el conjunto escultórico, cuando se creó una comisión para erigirlo que, por cierto, impulsó un gran pedagogo y maestro guadalajareño, Isidro Almazán, nacido en Málaga del Fresno y fallecido en Aravaca, fusilado por los republicanos en agosto del 36 por sus fervientes ideas católicas. Algo parecido le ocurrió a Rufino Blanco, también pedagogo alcarreño, en este caso nacido en Mantiel. Como es sabido, ambos dan sus nombres a sendos colegios de la capital. Guadalajara es tierra de caciques y maestros. Los primeros manipulan a los hombres; los segundos, los forjan.