29/05/2022 / 10:40
José Antonio Alonso/Etnólogo


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Romerías y procesiones camperas

San Isidro es el santo campero por excelencia y en nuestra tierra agricultora goza de gran predicamento, entre otras cosas, por aquello de que casó con nuestra paisana campiñera, natural de Caraquiz-Uceda, elevada a los altares y conocida popularmente con el nombre de santa María de la Cabeza.


Una de las características más importantes del ciclo festivo de nuestra tierra es su estacionalidad; el paso sucesivo de las estaciones marca el ciclo productivo de la tierra y el ciclo vital de los animales y de las personas que vivimos en ella. Esto, que para nosotros es obvio, no ocurre de igual modo en otras latitudes. El clima también condiciona muchos elementos de la personalidad de  los pueblos y por tanto sus fiestas y sus ritos. Estamos ahora en primavera y, después del frío y árido invierno mesetario, el cuerpo nos pide salir al campo, encontrarnos con los otros y disfrutar de esta hermosa estación que viste los campos de tonos verdosos y desparrama colores y aromas por doquier. El cereal está granando, casi a punto de cosecha en las zonas más cálidas de la provincia, y los huertos empiezan a dar sus primeros frutos. Es tiempo de procesionar a los santos y vírgenes del terreno y de acompañarlos  y celebrarlos en los prados que rodean a sus ermitas.

San Isidro es el santo campero por excelencia y en nuestra tierra agricultora goza de gran predicamento, entre otras cosas, por aquello de que casó con nuestra paisana campiñera, natural de Caraquiz-Uceda, según parece, y, con el paso del tiempo, elevada a los altares y conocida popularmente con el nombre de santa María de la Cabeza. 

Procesión de la Virgen del Armallak. Riba de Saelices. Foto: José Antonio Alonso.

En Cogolludo, anuncian la fiesta de nuestro santo agrario, ya desde la víspera, con una hermosa luminaria. San Isidro suele ser santo de ida y vuelta: sale, se da un garbeo por los campos cercanos al pueblo, los bendice, acompaña al personal, se deja festejar; ve como le baila la gente, en Guadalajara, por ejemplo; cómo se reparten caridades, aperitivos y vinos a costa de las hermandades de su nombre: en Alarilla, embutidos, en Cifuentes, panes y huevos benditos, en Marchamalo limonada y bollos -que una fiesta sin bollos, en Marchamalo, sería menos fiesta-; y, por supuesto, en Uceda, donde prácticamente juega en casa, roscones y caridad de pan y queso.

Pero san Isidro, una vez festejado, regresa de nuevo a sus peanas y hornacinas de iglesia, con la nostalgia, es un suponer, de aquellos tiempos agrarios en que la fértil Campiña era una llanura inmensa de cereales, patatares y melonares, sin naves industriales, huertos solares y territorios asfaltados.

Hay santos y vírgenes de ida y vuelta, pero los hay que cambian de domicilio por un tiempo. Salen del templo, a hombros de sus fieles, gozan por el camino de los verdes trigales y de la brisa campera, paran de vez en cuando y prosiguen su marcha hasta la ermita. Hay una algarabía entre los caminantes, un contarse las cosas para ponerse al día, después de tanto tiempo de puertas para dentro, de dolores y ausencias, porque en los pequeños colectivos, cada persona cuenta y la gente querría no echar en falta a nadie.

Comida campera, en una romería. Foto: José Antonio Alonso.

Nuestra geografía está llena, en estos meses, de romerías y procesiones camperas. En su origen el recorrido solía ser a pie, encabezando la comitiva el pendón parroquial, la cruz procesional  con sus ciriales, el estandarte de la cofradía y la imagen cultural; detrás el sacerdote y sus acólitos, la autoridad civil, los mayordomos de las cofradías con sus varas y el pueblo romero. Este es el esquema básico de una procesión sencilla de una localidad. La cosa se complica cuando a la romería acuden varias localidades, como ocurre en el caso de la Virgen de Mirabueno, donde se reúnen unos 20 pueblos con sus respectivas cruces y estandartes o  la de Montesino, en Cobeta, donde las siete localidades participantes están representadas por sus cruces y pendones o banderas, de ahí que se la conozca también con el nombre popular de “Fiesta de las Banderas”. La romería de la Virgen de la Salud, de Barbatona, es también un acontecimiento muy popular, en este caso con un marcado carácter diocesano. Varias localidades de la provincia se turnan para hacer las ofrendas a la Virgen, con una gran nota de tipismo folklórico, reflejado en los productos  y en la indumentaria de algunas localidades participantes. 

Desde un punto de vista religioso, las romerías y procesiones camperas son ritos para la bendición y protección de los espacios recorridos por las imágenes, de los cultivos y de los romeros que las protagonizan. En los orígenes de sus advocaciones, frecuentemente legendarios, podemos encontrar  la continuación de antiguos cultos naturalistas, hechos históricos relacionados con la Reconquista, disputas territoriales y fijación de límites y términos.

Desde un punto de vista social, las romerías suponían, antiguamente, un lugar de encuentro, entre gentes procedentes de la propia localidad y otras de los pueblos vecinos, lo que contribuía a romper la endogamia familiar y local. Tradicionalmente los desplazamientos eran a pie o en caballería, pero la irrupción de los automóviles ha modificado, en algunos casos, el tiempo invertido en el traslado de los romeros y de las propias imágenes, que, a veces, se trasladan en automóviles descapotables. La costumbre de mantear a los “forasteros”, en algunas localidades, era y es, en el fondo, un rito de aceptación social, pues a partir del manteo, el forastero pasa a participar, como uno más, en los actos religiosos y festivos.

Un manteo en las letanías de Tartanedo. Foto: José Antonio Alonso.

Algunas romerías tienen también un componente económico, pues en algunos casos -Barbatona, por ejemplo-, son numerosos los puestos que se sitúan en los alrededores del templo para comerciar con los productos de la zona y otro tipo de ofertas.

Desde la óptica lúdica y folklórica una romería es una oportunidad para la diversión en la que no faltan los juegos populares, la música y el baile tradicional, la gastronomía, los productos de la zona, e incluso la indumentaria tradicional, en algunos casos. Supone, por tanto, una reafirmación de la personalidad y de la cultura autóctonas. Los cultos locales, con su estética, sus leyendas y su recorridos históricos no dejan de ser manifestaciones de la personalidad de los pueblos. En algunas localidades de la Campiña como Yunquera, Humanes o Marchamalo, se puede observar, en ocasiones, una cierta influencia de la estética y el folklore andaluces, a imitación de las ferias de abril sureñas, surgida en torno al mundo del caballo. Desde la recuperación de la dulzaina y el tambor por parte de las escuelas, dichos instrumentos suelen amenizar una gran parte de estos acontecimientos festivos.


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