03/09/2021 / 13:48
Jesús de Andrés


Imagenes

Ser de España

La Transición, que para tantos fue un momento de reconciliación entre las dos o tres Españas, que articuló el mito del reencuentro y el abrazo fraternal, del consenso y la libertad sin ira, puso las bases de lo que hoy somos, por mucho que nos pese.


Le preguntaba un personaje de Vargas Llosa, Zavala, Zavalita, en una frase que se ha hecho representativa de la decadencia de cualquier país, “en qué momento se jodió el Perú”. Porque todos los países, todos los estados, como todos los seres vivos, tienen un momento en que se joden. Ninguna nación es una unidad de destino, por más que lo pretendan sus profetas. Todas ellas se construyen, crean sus propios símbolos, desarrollan sus instituciones, generan identidad… Todas las comunidades políticas nacen, se desarrollan y mueren. Dejan huella, eso sí, como lo dejaron Grecia y Roma, el reino visigodo, Castilla y Aragón. Ni rastro había de España hace 3.000 años, por irnos lejos y no forzar la discusión. Y nadie sabe qué habrá en los territorios que ocupan la península Ibérica dentro de 3.000 más.

A finales del siglo XIX, sobre todo a partir del desastre de 1898, con la pérdida de las colonias de ultramar, se intensificó el debate sobre la esencia de España, una discusión en clave introspectiva en la que participaron Unamuno, Ortega y Gasset, la plena totalidad de la Generación del 98, los regeneracionistas -con Costa a la cabeza- e incluso el arte pictórico de Solana o Zuloaga. Poco importa si su decadencia se inició en Cuba, en la dictadura de Primo de Rivera o en 1936; nada aporta que el diagnóstico ubique su enfermedad terminal en el franquismo. La Transición, que para tantos fue un momento de reconciliación entre las dos o tres Españas, que articuló el mito del reencuentro y el abrazo fraternal, del consenso y la libertad sin ira, puso las bases de lo que hoy somos, por mucho que nos pese. He ahí la paradoja: la nave de la reforma llevaba consigo un alien oculto que nadie supo o quiso ver: el de la disgregación, el de la fusión nuclear descontrolada que supuso el diseño territorial. La construcción del Estado autonómico ha sido positiva, sin duda, al acercar la administración a los ciudadanos, al incrementar las bases del bienestar social, al desmontar las redes de la dictadura. Pero los errores sistémicos, en la tensión de los materiales -como en el Challenger-, está provocando una explosión en diferido, a cámara lenta. Es cuestión de tiempo que las identidades nacionales construidas sobre el hecho diferencial de la lengua, a falta de otros distintivos capaces de generar identidad (la raza, la religión…), culminen el proceso disgregador iniciado hace décadas. Basta sentarse a esperar. Pasarán varias décadas más, un siglo o dos, qué más da, quizá ni usted ni yo lo veamos, pero no hay retorno posible. Ni la democracia tiene herramientas para reparar el error -si así queremos llamarlo- ni hay solución alguna en fórmulas que limiten la democracia. Ese es el problema.


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