03/12/2021 / 15:54
Jesús de Andrés


Imagenes

Teoría de los naufragios

 Decía Almudena Grandes, quien acaba de dejarnos, que publicar una novela es fundar una isla desierta.


Un escritor no muere. Al menos no muere como el resto de los mortales: quedan sus libros, que son de sus lectores, queda su obra, que es parte de la cultura universal. La literatura, como generadora de ficciones que son realidad y de realidades que son ficción, crea sorprendentes conexiones entre los seres humanos. La muerte, inevitable y fatal para todos, es diferente para quien ha creado otros mundos para ser descubiertos por los demás. Decía Almudena Grandes, quien acaba de dejarnos, que publicar una novela es fundar una isla desierta. Para ella, la condición del novelista es la soledad. Y lo es no solo ante el papel en blanco, como contaba Cervantes sentado en su silla mientras dejaba volar su imaginación, sino en la creación de otros universos que surgen de uno mismo, en las mil voces que resuenan en su cabeza mientras se está solo. La muerte del autor, anunciada por los teóricos de la literatura, desde Barthes a los posmodernistas, tiene lugar desde el momento en que aquel se desprende de sus textos al ser publicados, cuando los libros dejan de ser del autor y pasan a ser patrimonio común.

Reflexionaba Almudena Grandes sobre lo que supone ser novelista, sobre el trabajo duro, solitario y ensimismado que permite crear, al recibir el doctorado honoris causa en la UNED, el 23 de enero de 2020. Ella lo hizo, creó universos alternativos, cercanos al nuestro pero en una dimensión en la que solo se encuentran cada novela con su lector. Una teoría de cuerdas llevada a la dimensión literaria. Experimentó en su primera novela, Las edades de Lulú, recreó otras realidades, fue testigo de toda una época. Con El corazón helado inició un ambicioso proyecto: unir su trayectoria literaria a la recuperación de la memoria histórica del siglo XX. Al más puro estilo galdosiano, dio voz a quienes no la tenían y contó aquello que la historia con mayúsculas tantas veces oculta o deja de lado. Fue polémica, quién no, y tomó partido. Algunos le han recriminado que dijera tal o cual cosa, pero cómo no derrapar en algún momento cuando uno se pasa la vida escribiendo, cuando semana a semana publica durante décadas.

Para Almudena Grandes sus lectores eran objeto de agradecimiento y veneración. A ellos debía el poder dedicarse a la literatura y no a otras cosas y de ellos decía que son el control de calidad más exigente. Publicar una novela es fundar una isla desierta -sostenía- y desear con vehemencia un naufragio. Cada lector es un náufrago que alcanza la costa de esa isla que ha sido escrita para él, en la que pasa una parte de su vida. Almudena Grandes seguirá viva mientras haya náufragos que lleguen a sus playas.


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