16/11/2019 / 18:38
Marta Velasco


Imagenes

Tristes armas

Creo que la fiebre secesionista ha sido atizada por algunos políticos interesados en ocultar su enriquecimiento.


Hace unos días pude ver a en la televisión a Leonor de Borbón, princesa de Asturias y de Girona, que, con tranquilidad y simpatía, se dirigía a los catalanes en su propio idioma. Me sorprendió la madurez que demostró ante un auditorio que se había arriesgado entre insultos y empujones para llegar hasta el Palacio de Congresos de Barcelona solo por escuchar a la princesa y por oír lo que tenía que decir el rey Felipe VI, que habló de la excelencia de los premiados y pidió tolerancia y respeto por los derechos y libertades de los demás.

Mientras el acto de entrega de los premios transcurría en paz, en un ambiente agradable y educado, sin otra estridencia que un pequeño lazo amarillo en la solapa de uno de los jóvenes premiados por su excelencia en matemáticas, un agrio combate se desarrollaba en el exterior contra esta ceremonia y sus protagonistas. En la calle, los llamados CDR, ocultando sus rostros, pero mostrando su ira, insultaban al rey de todos los españoles, quemaban sus fotografías y nuestras banderas, golpeaban el mobiliario urbano y trataban de impedir por la fuerza la entrada de los asistentes.

Pocos días antes, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona, sucedió algo que me impresionó. Unos cuantos radicales impedían el paso de estudiantes y profesores. Parecía mentira que tan pocos radicales encapuchados pudieran detener a tantos estudiantes y a algunos profesores, que solo querían dar y recibir sus clases en paz, entrar y ejercer sus derechos de aprender y de enseñar. Es evidente que en la paz se vive mejor, en la paz se puede llevar un lazo amarillo o no, y en la paz se puede ir a clase o a conferencias políticas y asistir a actos presididos por el Rey o por el Presidente del Gobierno de España. Y también es obvio que los violentos encapuchados se excedieron en la protesta contra la patria común de ambas partes, la de los alborotadores y la de la princesa adolescente que se había esforzado en hacer un discurso para jóvenes de reconocido valor y excelencia y para una Cataluña en carne viva. “Tristes guerras si no es amor la empresa… / Tristes armas si no son las palabras. Tristes, tristes...” Escribió Miguel Hernández.

No hace tanto tiempo Cataluña era el orgullo de los españoles. La punta de lanza que nos proyectaba a Europa. Era moderna, intelectual, preciosa. Y nuestra. Hoy la violencia está en la calle, se fomenta el odio al español, se abusa en los colegios de la manipulación histórica y cuatro radicales encapuchados no permiten que se impartan clases en la Universidad. Creo que este   fuego y esta fiebre secesionista, que dicen afecta a casi la mitad de los residentes en Cataluña, han sido atizados concienzuda y pacientemente por algunos políticos interesados en ocultar su enriquecimiento y sus oscuras operaciones financieras, y por personajes poderosos que pagan bien  la traición.  Pues sí: Tristes, tristes armas si no son las palabras.


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