Un panteón para los marqueses de Villamejor


La nobleza y la burguesía querían seguir exhibiendo su poder en los cementerios. 

Desde la Edad Media, cuando alguien fallecía su cuerpo era enterrado en las iglesias o en sus inmediaciones, como los jardines o los atrios de las mismas. Inhumarse en estos lugares era una garantía de protección divina, pero también era causa de luchas y envidias, ya que la nobleza competía entre ella para disponer de un lugar de enterramiento lo más próximo al altar mayor, además de por poseer el sepulcro más bello y monumental entre todos.

Ana Torres, marquesa de Villamejor.


Esta costumbre se vino al traste con la llegada del rey Carlos III al trono español. Y es que este monarca prohibió en 1787 por medio de una Real Cédula enterrar a los difuntos en las iglesias para evitar problemas de salubridad, ordenando la construcción de cementerios fuera de los núcleos urbanos. Sin embargo, parece que esta medida costó bastante en ser aceptada por la mayoría, y no fue hasta el siglo XIX cuando las ciudades contaron con cementerios fuera de ellas.

Capilla Expiatoria. París. 1815.


La nobleza y la burguesía querían seguir exhibiendo su poder en estos lugares, por lo que se adaptaron a los nuevos tiempos y comenzaron a levantar en los cementerios verdaderos monumentos que legitimaran su posición y su poder durante toda la eternidad, haciéndose presentes y siendo recordados a lo largo de los siglos.

Ignacio Figueroa, marqués de Villamejor.


En Guadalajara el Cementerio Municipal se inauguró el 1 de noviembre de 1840, teniendo que ampliarse en más de una ocasión a lo largo de ese siglo debido a la gran cantidad de enterramientos que había en él.  A finales de esa centuria el cementerio ya contaba con tres patios: el de Nuestra Señora de la Antigua, el de Nuestra Señora de la Soledad, y el de Santa Ana, este último llamado así para rendir homenaje a doña Ana de Torres, marquesa de Villamejor, quien aportó una gran suma de dinero para que pudiera ampliarse el camposanto en esa zona.
La marquesa no solo contribuyó con la ampliación de un tercer patio, sino que, junto a su marido, levantó en él el que sería (y aún hoy sigue siendo) el panteón más impresionante de todo el cementerio de Guadalajara. Y lo hicieron siguiendo modelos de la Grecia y la Roma clásicas, pero también con multitud de referencias a arquitecturas parisinas.

Panteón de Hombres Ilustres. París. Siglo XVIII.


Los marqueses, Ignacio Figueroa y Ana de Torres (padres del conde de Romanones), contrataron en torno a 1896 los servicios del arquitecto Manuel Medrano Huetos para que construyera su morada eterna. Una morada que imita un templo clásico sobre una gran escalinata, en el que los capiteles de sus columnas albergan lechuzas, animales relacionados desde la Antigüedad con la muerte y con los cementerios, pero también con la sabiduría. El frontón triangular acoge los escudos familiares, y en el friso que cubre el pórtico aparece la inscripción “PANTEÓN DE LOS EXCMOS. SRES. MARQUESES DE VILLAMEJOR AÑO MDCCCXCVIII”. 

Panteón de los marqueses de Villamejor. 1898.


El edificio está cubierto por una cúpula sobre la que se alza una cruz con el sudario de Cristo. Y es que en todo momento se mezclan elementos de la tradición cristiana con la mitología grecorromana, sin dejar de lado los símbolos alusivos a la muerte, como los relojes de arena alados que se refieren al inexorable paso del tiempo, o los animales fantásticos a modo de gárgolas griegas que otorgan una protección al templo. En él también pueden observarse los emblemas de Alfa y Omega o la ya mencionada cruz con el sudario, ambos componentes cristianos.
Además de esta inspiración en los templos clásicos, el panteón tiene un gran parecido con varios edificios franceses, como la Capilla Expiatoria, construida en 1815 por orden de Luis XVIII, quien financió las obras para expiar la muerte en la guillotina de su hermano Luis XVI y María Antonieta durante la Revolución Francesa, o el Panteón de Hombres Ilustres, ambos en París.  Los marqueses de Villamejor residieron durante unos años en la ciudad francesa de Marsella, e Ignacio de Figueroa pasó su juventud en París, por lo que conocerían estas arquitecturas y se inspirarían en ellas para construir su morada inmortal en la ciudad de Guadalajara. 


Todavía hoy, en pleno 2026, el panteón sigue causando la admiración de todo aquel que entra en nuestro cementerio, siendo uno de los símbolos de la arquitectura funeraria de nuestra ciudad.