06/06/2020 / 13:42
Marta Velasco


Imagenes

Viejos

Los mayores me dieron mucho más de lo que yo les di. Su compañía fue enriquecedora y divertida. Aprendí de su buena educación, de su vida y sus experiencias.


"Sea inviolable y segura la vejez de los claros varones”, ordenó Tito Livio, como si no hubiera mujeres viejas y claras en la antigüedad, que las habría a cientos. Pero no es momento de reivindicaciones, sino de todo lo contrario. Ahora yo también soy vieja, algo que no quería reconocer y que me ha revelado de golpe y porrazo la desescalada por horas. Si vivieran mis abuelas, dirían que, a esa hora temprana, una señora se está haciendo la toilette y nunca en unas calles llenas de escupitajos y cacas de perro. Que también es verdad.

He estado mucho tiempo con gente mayor desde que mi madre y sus hermanos se adentraron en la vejez. Las familias numerosas abundan en niños y ancianos, maravillosos los bebés, aunque con poca conversación. En cambio, los mayores me dieron mucho más de lo que yo les di. Su compañía fue enriquecedora y divertida. Aprendí de su buena educación, de su vida y sus experiencias; admiré sus conocimientos, su generosidad, su sentido del humor, su valentía, su dignidad y el respeto con el que trataban a todo el mundo. Afortunadamente algunos fueron muy longevos. Los quise muchísimo, añoro cada día que pasé con ellos y con sus amigos y tengo magníficos recuerdos de aquellos ratos.

Conozco a muchas personas mayores con un espíritu muy joven. Tengo un vecino bailarín, que nació hace unos noventa años en el salón de baile donde su madre era profesora y, antes del confinamiento, bailaba todas las tardes con unas amigas aficionadas. Seguirá bailando, es un hombre alegre y jovial, un tipo estupendo. Y en Sigüenza está Anita, muy cerca de los cien, por la mañana canta jotas con prodigiosa voz, pero, si se enfada, echa mano de las mejores y más descriptivas palabras de un vocabulario aragonés arcano y bravo. Todo un carácter, es genial.

Muchos amigos y familiares se fueron con su intacta curiosidad y su largo tiempo bien vivido, antes de que nos arrasara esta pandemia.  Un anciano es un ser de aspecto frágil, pero con una gran fortaleza interior que le permite observar cómo se le escapa la vida sin temor, sin oponer resistencia y rezando para que sea una pequeña muerte, acompañada del amor de los suyos. Por eso fue tan lamentable morir por coronavirus, con dolor y en soledad. No, no ha sido inviolable y segura su vejez, como pedía Tito Livio, sino violada por un mal inadvertido. Estos claros varones y mujeres nuestros, encontraron un país destruido en su juventud y lo levantaron, trabajaron, lucharon y, cuando más nos necesitaban, no pudimos o no supimos ayudarles.  Todos sus nombres deberían quedar escritos para siempre en el registro de los héroes. 

Esta catástrofe acabó con su tiempo, un tiempo de sacrificios y triunfos, un tiempo medido en metros extendidos a lo largo de los hombres, como escribe Neruda: “Ahora, tiempo, te enrollo, / te deposito en mi caja silvestre/ y me voy a pescar con tu hilo largo/ los peces de la aurora” …  


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