16/10/2020 / 14:15
Javier Sanz


Imagenes

Delibes

Delibes fue el autor de consenso del bachillerato cuando no había una bibliografía unitaria recomendada desde el Ministerio.


Cien años de su nacimiento y diez de su muerte, el tiempo vuela. Por lo primero, la Biblioteca Nacional acoge, hasta el 15 de noviembre, una exposición antológica sobre el escritor, probablemente el que mejor entendió un país en su tiempo, en tanto que había vida más allá de la capital y en cuanto que escuchaba a los campaneros de la vieja Castilla el batir de un ensayo de réquiem paradójico, de rebato, color de catafalco al resol de una tierra cada vez más parda, cada vez más lunar. El de Delibes era un ecologismo adelantado y comprensible, sin cátedra, meridiano, presagiado, tras peritar a pie de surco y de arroyo la deserción de muchas de las aves que había llevado sin jaula a la RAE los jueves, tras peritar que los santos óleos de Benjamín Palencia o de Vela Zanetti se habían resecado como la piel del Cristo de Las Claras de Unamuno y el verde se les iba quedando tieso en los tubos de plomo por falta de ocasión.

Delibes fue el autor de consenso del bachillerato cuando no había una bibliografía unitaria recomendada desde el Ministerio pues era un sentir común del batallón de los profesores del bachillerato y en él los jóvenes se iniciaban –nos iniciábamos- en la literatura sorprendidos, ante ensayos fallidos, de que comprensión del texto y calidad literaria no eran incompatibles, definitivamente, como también hay sencillez aunque espiritual en Zurbarán. A la sombra de Delibes recorrimos no sólo el paisaje, que también, sino el alma de la tierra y de sus esclavos, los hijos de Adán, los que había retratado Marañón como comulgantes cada vez que tragaban un mendrugo, el denario por su trabajo de sol a plomo a filo de luna.

Delibes prefirió vararse en Valladolid cuando Polanco le ofreció la dirección de El País, la manzana de Eva con el marchamo de un coto de caza en las proximidades de la capital para los domingos. Dos años antes había perdido “su mejor mitad” y no tenía cuerpo para emigrar al foro pues no había tarde sin su cóctel. Ahí habría acabado el escritor, de tiro largo pero de cordón umbilical medido, tenso conforme salía de los límites de Castilla y paradójicamente universal porque el alma de cada personaje que encuadernaba era de alguna manera la de cualquiera de los que cruzaba por delante y no un prototipo. Delibes, un abeto con cien nietos colgantes, tenía todo en Pucela, la paz del escritor en su hábitat, como el cuclillo en el suyo, y no dejó de escribir, a mano, con caligrafía elegante, ni de advertir que el tiempo estaba de cambio, pero de cambio definitivo y que había que tomar medidas, cada cual las que le correspondieran pero más los que se habían comprometido a mandar. Era la prédica en el desierto salvo para media docena, o sea, en el desierto.

Un centenario, también el de Miguel Delibes, una íntima exposición en la que recibe una elegante señora de rojo, sobre fondo gris; una exposición gráfica de pocos objetos pero capitales: la mesa, la máquina de escribir, los prismáticos, el carné de la Academia y los premios gordos. Tres retratos al óleo, destacando el de perfil de Ulbricht. Los originales de algunos de sus tantos libros, bien apilados y encristalados  no son objetos sino el alma de la exposición, en cuya penumbra se escuchan las voces sinceras, la propia y la de los herederos, portavoces de sus lectores de tres generaciones, semihuérfanos pues nos queda si no su voz sí la palabra. Delibes, en fin, sin negros, a cal y canto, desnudo en medio del páramo de Castilla, la nuestra, el paisaje verdadero que va camino de ser el polvo de los huesos de los hijos que parió de siglos. A nuestra biblioteca particular de Delibes treparon nuestros hijos. Ya es mucho. Quién sabe si los nietos.  


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