El peligroso uso que los vecinos de Cogolludo daban a su pozo de nieve
La Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha ha dado un paso definitivo en la salvaguarda de la memoria histórica y patrimonial de la provincia de Guadalajara al formalizar la incoación del expediente para la declaración como Bien de Interés Cultural (BIC), con la categoría de Monumento, del Nevero de Cogolludo.
Esta resolución, que ha visto la luz recientemente en el Diario Oficial de la región, reconoce el valor arquitectónico de una estructura que ha desafiado los siglos. Ubicado estratégicamente en la denominada Cuesta de los Moros, a escasos cien metros de la imponente silueta del castillo, este pozo de nieve constituye un ejemplo excepcional de la ingeniería térmica tradicional, cuya preservación se vuelve ahora imperativa para entender el desarrollo territorial de la Sierra Norte de Guadalajara.
La estructura que hoy recibe los máximos honores patrimoniales es un pozo excavado con precisión en el sustrato calizo, cuyas dimensiones -aproximadamente seis metros de profundidad por cinco de diámetro- respondían a una necesidad vital antes de la llegada de la refrigeración industrial: la conservación de hielo para el consumo humano, la medicina y el transporte de alimentos. Según los datos técnicos, el pozo de nieve de Cogolludo funcionaba mediante un sistema de capas de nieve apisonada de medio metro de espesor, separadas por paja para garantizar el aislamiento térmico. Una polea, suspendida de un travesaño de madera en la parte superior de la cúpula, facilitaba el ascenso y descenso de los operarios y la mercancía.
César Pérez Fernández, alma mater de la Sociedad de Amigos de Cogolludo (SADECO), incansable investigador de la historia local y heredero del inmenso legado documental de su padre, Juan Luis Pérez Arribas, cronista oficial de la villa, destaca que el nevero es, ante todo, un testimonio de la prosperidad económica de la zona durante los siglos XVII y XVIII. Según sus investigaciones, que amplían lo recogido en el Catastro de Ensenada de 1749, este pozo era una pieza clave en el monopolio del frío gestionado por los Duques de Medinaceli.

Pérez Fernández subraya la complejidad de su construcción, diseñada para soportar las presiones del terreno y mantener temperaturas estables, lo que permitió que la industria de la nieve fuera un motor de empleo para los “nevadores” locales, quienes transportaban el hielo incluso hasta Guadalajara y Madrid en condiciones extremas. Sin embargo, tras la marcha de la casa ducal y el colapso de su cúpula en el siglo XIX, el pozo entró en un desuso progresivo que, en el contexto de la Guerra Civil y la posguerra, desembocó en una utilidad clandestina y letal.
Las labores de recuperación del pozo concluyeron recientemente, revelando la magnitud de esta práctica. “Una vez construida la plataforma y colocada la viga -explica César Pérez- se instaló un elevador eléctrico de carretillas, mediante el cual muy poco a poco se pudo vaciar el estrato moderno”. En este primer vaciado, además de la basura, fueron apareciendo armas de fuego antiguas muy oxidadas y, en las capas más profundas, una gran cantidad de artefactos (bombas, balas antiaéreas, granadas) de la contienda, añade. Esto indica que la costumbre de utilizar la nevera como basurero y, sobre todo, para tirar el ganado, perros y burros que morían, “debió comenzar especialmente una vez acabada la guerra, ya que algunos de estos artefactos estaban sobre el terreno más profundo”.

Los testimonios recogidos por Pérez Fernández revelan una práctica peligrosa impulsada por el hallazgo fortuito de proyectiles en los campos aledaños. “Los vecinos tenían la costumbre de que, cuando alguien encontraba una bomba, la arrojaba al pozo con el peligro que tenía, porque caía a una altura de seis o siete metros”, relataba el investigador al diario Nueva Alcarria, señalando que este enclave se convirtió en un polvorín olvidado bajo capas de deshechos y animales muertos.
La aparición de este material llevó aparejada la debida información a la Guardia Civil, lo que ocasionó las reiteradas visitas de los TEDAX, el grupo de desactivación de explosivos del cuerpo, siendo noticia a nivel provincial en varias ocasiones. En 2019, agentes del SEDEX desactivaron artefactos en las inmediaciones, y el vaciado del pozo reveló cuatro obuses y tres granadas de mano. En 2022, las excavaciones arqueológicas rescataron otros siete proyectiles y cuatro granadas adicionales. La presencia de los especialistas se volvió recurrente, confirmando que el municipio convivió durante décadas con la amenaza de la deflagración en su propio subsuelo.
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La importancia de este hallazgo radica en cómo las huellas de la Guerra Civil en Cogolludo han quedado integradas en su patrimonio. Hoy, el nevero es el único de su tipología que se conserva íntegro en la comarca. Su declaración como Monumento garantiza una zona de protección que preserva el pozo y su relación con el entorno, sumándose a los otros seis BIC de la villa: Palacio de los Duques de Medinaceli (1931), por ser una de las primeras y más importantes manifestaciones del Renacimiento civil en España; Castillo de Cogolludo (1949), por su origen andalusí del siglo IX y su valor estratégico en la defensa del territorio, especialmente durante la Guerra de la Independencia; Castillo de Beleña de Sorbe (1949), por su papel como testigo de la historia fronteriza, la repoblación y la evolución del poder feudal en la comarca; Iglesia de San Miguel de Beleña de Sorbe (1991), por su excepcional portada románica que contiene uno de los calendarios agrícolas (mensario) más valiosos de Guadalajara; Iglesia de Santa María de Cogolludo (1996), por ser un templo monumental renacentista que define el perfil urbano y actúa como referente arquitectónico de la provincia y Botargas de Aleas, Beleña y los Chocolateros de Cogolludo (2022), por representar el patrimonio inmaterial a través de ritos ancestrales que mantienen viva la identidad popular.