Hablar hoy de fiesta parece contradictorio, más un anhelo que una realidad, pero nuestros pueblos, en la medida que pueden se hayan inmersos en algo parecido en estos días de descanso estival con programas incluidos.
El fotógrafo ha fallecido este miércoles en Guadalajara, a los 94 años, y será enterrado el jueves.
El Tribunal Constitucional ha dicho lo que la práctica unanimidad de los juristas habían anticipado: el decreto por el que se aprobó el estado de alarma era inconstitucional.
Podríamos decir sin exagerar que nos estamos haciendo insensibles, protegiéndonos cada vez más egoístamente, con un caparazón de indiferencia ante los dramas como la muerte de tantas personas cada día por la pandemia.
Después de la pandemia, y mientras persistan las diversas variedades del Covid, el futuro se adivina incierto y amenazador, así que me refugio en el pasado.
La Transición, que para tantos fue un momento de reconciliación entre las dos o tres Españas, que articuló el mito del reencuentro y el abrazo fraternal, del consenso y la libertad sin ira, puso las bases de lo que hoy somos, por mucho que nos pese.
No solo de Covid muere el hombre o la mujer y esta lacra se está cobrando más víctimas que las que el contador nos marca cada jornada.
Es legítimo discrepar, lo que no es admisible es el espectáculo dado, principalmente en redes sociales, que ha llevado a Brihuega a la prensa nacional, y no para bien.
Este regreso estival busca en gran medida la fiesta del patrón, que de alguna manera, y pese a la pandemia, se celebrará.
Los trenes a Sigüenza cada vez son menos, los cercanías a Madrid son una aventura, jamás hubo lanzaderas, nadie conoce a nadie que haya ido a la capital en Ave.
La mejor parte de mi vida he estado desligada del móvil, del ordenador, del fitbit que me exige 10.000 pasos diarios y siete horas de sueño.