Ellos son los protagonistas del inicio de una cierta desescalada que nos hace pensar en un mes de mayo con progresivos pasos hacia esa normalidad.
En los últimos años nos hemos ocupado más de las formas que del fondo. Ya no hay asilos.
Me encuentro de manera ocasional pasando unos días en la villa de Quer, en donde residen dos de mis hijos. Un antiguo pueblo campiñés, de expertos labradores.
Creo que el mundo no va a ser igual porque nos despertaremos en un mundo sin certezas.
El nuevo calendario de España, trasmutada en Balconia, ha hecho trizas sueños de libertades y vacaciones de millones de niños, de abuelos por tenerlos cerca, de jóvenes que tenían reservado su enlace.
El producto estrella de fabricación fue los ‘Mielitos’ que se componían de granos de trigo recogidos en la cosecha de la campiña y rociados de la típica miel de la alcarria.
Dos amores hicieron dos ciudades, dos europas, la de ayer y la de hoy. Esto es lo que H. Arendt llamaba “individualismo burgués”.
La primera reflexión compartida es que el coste humano de la pandemia está siendo dolorosamente alto. El balance diario de nuevos afectados cercanos y la incógnita de su evolución nos preocupa.
Necesitamos fuerza, tesón y flexibilidad para adaptarnos a una época nueva.
Ayuntamientos de pueblos zaragozanos han decidido dedicar el presupuesto de festejos, romerías, conciertos, festivales y demás cosas suspendidas en ayudas para los autónomos y necesidades básicas de los vecinos.
La naturaleza necesita de esa agua aunque nosotros estemos en casa.
Por medio de la radio, la televisión y de las redes digitales, tenemos la oportunidad de seguir la Santa Misa y la oración del Santo Rosario.
Mi petición y sugerencia es que de forma temporal se recomiende vivamente el uso de normas de circulación temporal que reduzcan al máximo los encuentros.
No hay duda de que las grandes oportunidades han surgido de los grandes contratiempos. Grandes inventos de la humanidad nacieron de la necesidad, convirtiéndola en virtud.
Pero no sólo miente China. A nuestro alrededor todos maquillan las cifras oficiales para -supuestamente- no ver afectada su industria, su futuro turismo o su ubicación en el tablero mundial.
Es momento para cuidarnos los unos a los otros, para ubicarnos en el inimaginable e inabarcable universo, para intuir los retos cognitivos, sociales, económicos de nuestra especie que está en coma inducido.
No importa que este año la pandemia haya obligado a prohibir la Semana Santa. A mi no me impide revivirla.
Cuesta asumir que no podremos realizar esa escapada para descansar, disfrutar, desconectar de la vida diaria, por mucho que desde hace semanas las rutinas no sean ya las mismas.
Ellos y los panaderos, que siguen llevando barras, leche, huevos y otros encargos puerta por puerta, se merecen la ovación más sonora de nuestros balcones.